domingo, 8 de diciembre de 2013
Corrí a toda prisa por las escaleras de emergencia. Temía que le hubiera pasado algo realmente grave. Subí de dos en dos los escalones para llegar a la azotea. Abrí la puerta de golpe y él estaba ahí, de pie, sólo observando hacia abajo, pensando, mirando, moviendo sus manos sin ningún control. Pero parecía tranquilo. Me acerque a Marco, y lo tomé por los hombros. Él no se molesto en verme. Lo abrace por la espalda, y le susurre al oído: "¿Qué has pensado ésta vez?" Él tomó su tiempo para contestarme. -Es maravilloso... Vi la altura del edificio, es la altura ideal. Pensé en que podría caer de cabeza, en picada, incluso podría hacer parecer la muerte algo cómica. Podría ir cayendo leyendo el periodico de esta mañana, y el título de la noticia sería "Murió por la nota roja de esta semana". Pero pensé, "es un título realmente estúpido para mi muerte." Y luego... pensé en mi madre. Por eso sigo aquí. Le miré, y el seguía mirando hacia abajo. No podía creer que su madre fuera tanto su razón de vida. Bueno, no conocía del todo su historia, pero algo debió haber hecho su madre como para que ella sea su fuerza. Lo tomé de la mano, y lo jale hacia dentro del edificio. Él dejo que me lo llevara. La saque de ahí, y lo hice subir a mi auto. Él sólo jugaba con su cubo de rubik, de costumbre. Fue mala idea llevarlo a dar una vuelta. No me paso por la mente que él podría escaparse en un abrir y cerrar de ojos. Tenía que vigilarlo en todo momento y no lo hice. En verdad agradezco que Marco se detenga tan sólo al pensar en su madre. Lo miré un segundo, no quise decirle nada, no ahora. No era la primera vez que Marco pensaba en maneras de suicidarse, de cómo lo vería la gente, o de cuanta sangre derramada habría. Pero al final, Marco pensaba en la cara de su madre. La reacción que ella tomaría, de cuanto sufriría por él. A veces no sabía cómo su madre podía soportar las ideas suicidas de su hijo. De su único hijo. De igual modo, no podía creer que Marco se controle ante el suicidio. Lleva haciéndolo por más de un año.

Un dato curioso sobre Marco, él piensa en el suicidio muy seguido, en las maneras de cómo él podría suicidarse, pero Marco ayuda a otros chicos con las mismas ideas a que no lo hagan. Marco llega a ser muy motivante con estos chicos. Los convence por internet a que no lo hagan, o incluso, a mis otros pacientes más jovenes que Marco, él los motiva a seguir adelante, a no rendirse, a no pensar en la muerte. Marco y yo llevamos trabajando un año, y él se ha mantenido con vida por su madre. Yo he llegado a desarrollar un cierto afecto hacia Marco. Me recuerda mucho a mi hijo, fallecido ya hace 7 años. Mi hijo, era una persona que amaba ayudar a los demás en sus problemas personales, aunque él no pudiera resolver sus propios problemas. Su muerte, sin duda, fue muy difícil para mí. Él no merecía morir así. Mi hijo era un skater, amaba patinar. Hay ciertas partes de la ciudad en las que se esta prohibido patinar, por los peligros que éstos representan. Pero a mi hijo, así como a muchos otros, no les importa. Mi hijo cayó de un segundo piso. Yo entre en depresión por mucho tiempo, mis pacientes era lo que me mantenía, pero cuando conocí a Marco, supe que tenía que protegerlo costara lo que costara. Marco no sabe nada sobre mi hijo, evito que sepa mi historia. Pero no puedo evitar tratarlo a él como si fuera mi hijo. Me recuerda mucho a mi hijo.

Llegamos a mi consultorio, y lo deje dormirse en el sofá. Tomé una taza de café, y trate de relajarme, sin éxito. Suena el teléfono. Miré el número antes de respoderlo. Era del celular de la madre de Marco. Ella es divorciada. -Hey Grisella, me alegra de que llames, tu hijo se porto de maravilla estas dos semanas. Cuando quieras él puede seguir quedándose conmigo. Ahora lo veo muy relajado, se quedo dormido en el sofá. ¿Vendrás hoy a recogerlo? - No recibí respuesta de ella, sólo escuchaba su respiración, y de la nada, ella comenzo a llorar. -Oh, por Dios... ¿Qué ocurre? ¿Pasó algo malo? ¿Grisella? ¡Contéstame! ¿Sigues ahí? -Necesito un favor... llama al padre de Marco. Quiero que él se lo lleve. Sentí sudar en frío. Marco detestaba a su padre. Sólo tendría que haber una razón muy buena para que ella quisiera que se lo llevara su padre.
-Estas de broma, no podría hacerlo aunque quisiera, tú sabes mejor que nadie que Marco lo odia a muerte. -Pues tendrá que comenzar a quererlo. Yo ya no podré cuidarlo. No quiero que él me vea así en mi condición... -Estas aterrandome, ¿Qué ha pasado? ¿Qué condicion? Se hizo el silencio, ella dejo de responder, pero seguía en la linea. -¿Grisella? Sabes que yo puedo ayudarte en lo que necesites. -Me quedan tan sólo meses de vida. Me han detectado cáncer en los huesos... no sé que voy a hacer... Amo a Marco, pero no quiero que me vea sufrir, eso le complicaría más sus pensamientos. No sabía que responderle, eso podría hacer que Marco terminara por suidarse en verdad. Sin su madre, él ya no tendria razón por la cual mantenerse vivo. -Grisella... creo que es mejor que veas a tu hijo... no puedes hacerle eso, él te ama. Él sólo quiere estar contigo. -Pero no quiero que me vea así, no pudo ser detectado a tiempo mi enfermedad. Es sólo cuestión de tiempo. En verdad me aterra ver a mi hijo ahora. Por favor, sólo has eso que te he dicho. -Podría yo quedarme con él por unos días más, pero por favor, reconsidera verlo de nuevo. Y ella sin mas que decir, cortó la llamada. Me aterre por Marco, ¿Qué iba a decirle sobre su madre? Iba a ser doloroso para Marco.

Esa noche, volví a llevarme a Marco a mi casa. Él no hizo preguntas. Cuando llegamos, él fue a acostarse para continuar durmiendo. Yo iba a hacer lo mismo. No quería decirle nada esa noche. Sólo cerre la puerta como de costumbre para evitar que a él se le ocurriera hacer alguna tontería. No pude dormir esa noche. A la mañana siguiente, tuve que decirle que su madre quería que tuviera más atención a la escuela y por eso quería que se fuera con su padre. -¡No quiero hacer eso! Yo amo cuidar a mi madre. He dejado la escuela por ella, no quiero dejarla nunca sola. -No lo estará, ella estará bien. Tú seguirás viniendo conmigo, e incluso puedes quedarte aquí cuando quieras. -Me siento un estorbo. -No lo eres, nunca lo has sido.

Pasaron 3 meses desde aquella llamada, su madre sólo vio a Marco cuatro veces, y él estaba viviendo con su padre. De vez en cuando viene conmigo, sigue recurriendo a sus consultas, y continua ayudando a aquellos niños con desordenes mentales. Se le veía a Marco muy animado, pero seguía preocupandome el momento en el que Griselle iniciara su viaje. Después de la consulta con Marco, lo invite a comer a su restaurante favorito. Sé que adoraba los postres de ese restaurante, y que mejor para seguir alegrándote el día que llevándolo ahí. -¿Sabes que eres la mejor? Siempre estas preocupándome por mí, en verdad, eres demasiado buena conmigo. -Me hace sentir bien que pienses así. - Mi celular comenzo a sonar. -Oh, espera un minuto aquí. Me levante la mesa, y fui a un lugar más callado. -Si, ¿Diga? -Habla el abogado del señor Altair Valverde, el desea que su hijo, Marco Valverde, regrese a casa para las 20 horas de la noche. -Mire el reloj, faltaban 15 minutos para las 20. -Oh, me temo que sería imposible para las 20, me encuentro lejos con Marco ahora, llegaríamos allá hasta las 21, ¿Ocurrió algo? -Hoy a las 15:43, falleció la madre de Marco, Griselle Valverde. El cáncer en sus huesos avanzo más rápido de lo que creían, al fin aquella dama dejo de sufrir. -Me quede helada al escuchar aquellas palabras, no era posible. No quería creer que Griselle había fallecido ya. No quería llevar a Marco con ellos. -Entiendo la situación, ¿Es muy necesario que vaya Marco hoy? -La situación es, que la hermana de la señora Griselle demando a Altair Valverde por el cuidado de Marco, el sigue siendo un menor de edad. -Quisiera llevarlo hoy, pero usted sabrá que él tiene problemas mentales, tiene demasiadas ideas suicidas, ésto podría desencadenarle varios problemas.
-Vuelvo a decirle, si no esta aquí Marco Valverde a las 21 horas, usted quedará bajo condena. Cortó la línea el abogado. Sólo miré a Marco de reojo, me aterre al pensar en que podría pasar con él.

Lleve a Marco a casa de su padre. Él bajo de mala gana y me pidió que lo acompañara. -Marco, no puedo hacer eso, es imposible. Me van a correr. -No me dejes con él. -No tengo opción. Sólo ignóralo. Él entro a la casa, yo fui hacia mi apartamento. No quería imaginar por lo que Marco sentiría cuando se enterara sobre su madre. Comenzaba a aterrarme.

Estaba en la cocina de mi apartamento, nerviosa. No podía tener mis ideas claras. Estuve a punto de cerrar los ojos cuando mi celular vuelve a sonar. -Habla el abogado del señor Altair Valverde, lamento la molestia. -¿Qué es lo que ocurre? -Verá... Marco Valverde no esta en la casa, salió de aquí sin que lo notaramos. La hermana de la señora Griselle Valverde la sugirió a usted. Piensa que usted puede ayudarnos a encontrarlo. Me llene de desesperación, en definitivo, sin pensarlo, salí directo a mi auto. -Voy para allá, llame a la policía para que lo busque, como dije, este chico tiene ideas suicidas.

Buscamos a Marco, sin noticias. No se me podía ocurrir donde podría estar. Habíamos buscado en los lugares más comunes de suicidios, o en lugares donde él se pudiera esconder. -¡Usted es la que esta todo el día con él! ¡Debe tener una mínima idea de dónde esta! -¡Es que no lo sé! ¡No sé precisamente cómo piensa Marco! -¡Debe haber algo! ¿No hablaba Marco de algún lugar? ¿O algo que a él le excitara? ¡Usted dijo que Marco visualizaba su propia muerte! Y fue cuando me paso por la mente aquel edificio, el último lugar al que Marco recurrió para visualizar su muerte. Maneje lo más pronto posible para llegar ahí. No me importo perder la vida en el trayecto. Quería salvarlo, todavia tenía la oportunidad de salvarlo. Subí hasta la azotea de aquel edificio, y ahí estaba él, de pie junto a la orilla. Se le veía quieto, en paz. -Oh, eres tú. -Dijo él fríamente. -Marco, no quieres hacer esto. -¿Tú sabías que mi madre había muerto? -Me entere cuando te lleve a casa de tu padre. -Ella era mi todo. No sé que voy a hacer ahora, ahora entiendo todo. No quería que estuviera con ella por que sabía que iba a morir. -Entiendo tu punto, pero no puedes hacer eso. Tienes cosas por vivir, ya habías hecho un gran progreso. Tú puedes hacer mucho más. Déjame a mi hacerme cargo de ti. Estoy segura de que tú podrás hacer grandes cosas. No hagas esto. Marco, me observo, comence a dar un par de pasos hacia él, y Marco permitió que me acercara, le ofrecí mi mano, pero él la rechazo. Y sin decir nada más, inclino ligeramente su cuerpo al vacío.



El suicida

Posted by Viridiana Belikov ♠
jueves, 18 de abril de 2013

Desperté malhumorada. Como siempre. Mi madre empezó a gritar, mi papá sólo se concentró en el periódico del día y mi hermana con lo lame suelas que es, seguramente ya se había ido a la escuela sin esperarme. No tenía transporte ese día. Tuve que tomar el autobús, no era una muy buena opción, pero no me quedaba de otra. Recibí un mensaje de Rodrigo, mi novio. Nada bueno podría ser. Habíamos estado peleando desde hacía dos semanas sin descanso. Veía el fin de nuestra relación. Pero no me importaba, después de todo, sólo era costumbre. “La verdad no sé qué carajo te pasa, ¿te has quedado dormida de nuevo, no? Esta vez no te ayudaré con lo que pierdas de clase.” Decía el mensaje de Rodrigo. Me importaba poco, ya no soportaba que continuara con ello. Llegue a la parada de autobuses y espere casi 10 minutos en que uno decente pasara. Una vez arriba, vi la misma historia de siempre: la típica pareja que va discutiendo, una anciana con la bolsa del mandado, un chico guapo que por alguna razón nunca se sienta aunque haya lugares desocupados, una pareja de ancianos que se les ve enamorados aun, otro leyendo un libro, otra escuchando música con la mirada perdida… en fin, las mismas tipo de personas de siempre, sólo diferente rostro. Me senté del lado de la ventana, abrazaba mi mochila y me recargue en la misma con tal de dormir un poco. Pero los malditos baches existían. Voltee hacia fuera de la ventana, un tipo alto de traje le hizo la parada al autobús y subió. Se sentó en la primera fila y se recargo entre sus brazos. Volví a ver hacia afuera de la ventana.
– ¿Karen? ¿Karen eres tú? –.
Gire la cabeza para ver quién era el que hablaba en voz alta. Era el tipo de traje quien hablaba por teléfono. – ¡Oh por dios! ¡Que milagro que llam…! No, no me salgas con eso, ¿Cómo que donde está el bendito anillo? No, haber… se suponía que hace un mes ya te lo habías llevado todo, ¿Por qué no me avisaste que irías a la casa? –.
 Aquel hombre parecía tener problemas en casa. El resto de los pasajeros (incluyéndome), con ansia de escuchar problemas ajenos dejaron de lado lo que hacían para poder prestarle más atención a la conversación.
–De verdad que eres terrible, tratas de no verme, te comprendo. Mira, estoy en el autobús, no tardó en llegar, pero por favor sólo espera… ¿Cómo que no tienes tiempo? Ni voy a tardar tanto, estoy a 10 minutos de la casa… óyeme, no… ¿Crees que me hace gracia que sólo vengas por un tonto anillo? ¡Hablemos como dos adultos maduros! … No, no me hace ninguna gracia, ¿Crees que es divertido no poder comprarle algo a mi hijo para navidad? A ti no te importa un carajo, sólo quieres tu anillo y torturarme con lo mismo de siempre hasta hartarme. ¿Sabes que me dijo tu hijo? Que ya no quería los tacos deportivos que le había regalado en su cumpleaños porque tu amiguito le había regalado unos de marca, ¡De marca! … No, no utilizo a nuestro hijo, ¡Te quieres calmar! –.
El chico que iba con su pareja comenzó a reír por la conversación, su novia aun enojada lo miro con rabia y le dijo que se callará para poder seguir escuchando.
– ¿Que te ayude a buscar el anillo? ¿Desde aquí? … ok, mira en la mesilla de noche. Oye… me gustaría pasar la navidad con ustedes, ¡nosotros tres! Digo, a nadie le gusta pasar navidad solo… y sería la primera que la paso así… no, el 24 no puedo, tengo trabajo, pero el 25 sí pue… ¡Te digo que es un trabajo! ¿Pues de donde creías que los mantenía? Mira, tuve un día muy duro, lo último que quiero es discutir contigo, esa batalla ya la perdí hace tiempo, ¿no crees? Checa el resto de los cajones, debe estar por ahí. Oye, hoy hace un año, ¿te acuerdas? ¡No! ¡No es chantaje! ¿Con quién más me desahogo si no es contigo mujer? En verdad necesitamos hablar… ¡oye! ¿Me oyes? ¡Karen! –.
Mala suerte, pasamos por un túnel, y se veía algo largo. Vamos… apresúrese chofer. Los pasajeros se inquietaron un poco, bueno, al menos ya se veía que llegaríamos al final del túnel.
– ¿Karen? Por un momento creí… sí, ya sé que la habitación esta desordenada pero eso a ti no te importa ¿no? Da igual… sí ya sé que no hemos parado de discutir, pero igual no me das otra oportunidad. Las cosas se hablan, jamás quise hacerte daño. –.
La pareja que iba peleada se miraron entre sí. Se dieron un abrazo y ella quedo recargada en el hombro de él. Lograron reconciliarse gracias a la inconciencia del hombre de traje.
– ¡Joder Karen! ¡Una bendita tregua es todo lo que te pido! Te hablo de corazón… ¡Que no es la misma historia de siempre! Después de tantos años… uno se da cuenta de lo imbécil que ha sido, en todos los sentidos. Tampoco te estoy diciendo que pases el resto de tu vida a mi lado, eso ya se lo he pedido al padre y ve como terminamos. Sólo te pido esta noche… por favor. –.
El hombre se quedó callado un momento, creí que lloraba, la mujer detrás de mí le pedía a su marido bajar del bus, era su parada. Pero su marido le pidió que se quedaran, quería saber que pasaba con este pobre sujeto. Por extrañas razones, yo igual quería saberlo. Problemas como ese, no eran comunes, y menos escucharlo en un autobús. Debía de estar desesperado.
– No quiero rogarte, de verdad que no, sólo quiero contarte porque vale la pena darnos una última oportunidad. Esta noche… por favor… ¿segura? Entonces déjame decirte que no te escondes nada bien. Esta mañana al levantarme… y darme cuenta de que te habías ido… me acerque a la ventana y vi tu coche estacionado en la esquina. Esperabas a que me fuera, ¿no es así? Déjalo, escucha… ¿sabes por qué creo en nosotros todavía? Porque estoy seguro que no has dejado de pensar en mi cuando viste la foto en la mesilla de noche. Fue nuestra noche de bodas en el restaurante que tanto te gustaba. Nos la pasamos de maravilla ese día. Dime que no te ha traído buenos recuerdos. Yo sé que aún me quieres, así que no me puedo creer que sólo hayas vuelto por un anillo barato. El único valor que tiene es el de que no te los has puesto ni una sola vez, por el simple hecho de que hace 27 años te dije que a una mujer hermosa no le hacían  falta esas cosas. Por cierto, si tanto quieres el anillo, está en el baño, en el botiquín detrás del espejo. ¿Sigues ahí? No llores… ya casi he llegado… tranquila… no llores… –.
El bus quedo en completo silencio. La anciana que traía la bolsa del mandado había comenzado a llorar por la pena de aquel hombre. Una lágrima se asomaba en mis ojos. No alcanzaba a entender el dolor de ese pobre hombre. Me puse a pensar sobre mis problemas sentimentales y los suyos. No eran para nada comparados. Este hombre se levantó, había llegado a su destino. Continuaba con su celular en la mano. Se sujetó de un tubo, y se quedó ahí de pie. Después se dio la vuelta, nos miró con los ojos brillosos, y despego su mano de su oído. No había ningún celular.
– Buenos días, señoras y señores. Lo que acaban de oír, es un bonito final. Un bonito final que debería haber tenido mi historia en la vida real. Desgraciadamente, uno sólo puede recrear lo que paso de la manera en que le hubiera gustado que pasara. Mi mujer me abandono hace ya 3 años. De mi hijo no sé nada. Mi ex-esposa no me deja verlo. Ahora soy actor, pero no tengo trabajo.  Y por circunstancias de la vida, me veo en una difícil situación económica. Les suplico una pequeña ayuda en cambio de esta pequeña interpretación que les presente humildemente. Les agradezco de todo corazón su bella voluntad, y espero que les haya gustado. Muchísimas gracias. –.
No soporte más el llanto, y aquella lágrima rodo por mi mejilla. Él camino por el pasillo con la esperanza de que alguien lo ayudara. La mayoría le dio dinero. Yo no pude darle nada. Cuando paso por mi lugar, solo me dijo “tranquila, aun eres joven y bella.” Me sonrió, le sonreí. Pero su sonrisa era muy melancólica. Bajo del autobús por la parte trasera. Mire por la ventana, quedo en la espera de subir a un nuevo bus. Y con ello así, poder contar de nuevo su trágica historia.

La historia del bus.

Posted by Viridiana Belikov ♠
martes, 26 de febrero de 2013

Lastimosamente, observaba por la ventanilla de la puerta como se llevaban a aquella chica de mirada perdida de la habitación de frente. La sentaron en una silla de ruedas debido a que no reaccionaba para caminar, ya hecho, los de bata blanca caminaron por el pasillo largo y sin vérsele ningún fin. El sonido de la bocina dijo el nombre de la chica, “A-58”. Dejé de observar por la ventanilla, y fui a recostarme en mi cama. No sé quién soy yo. Mi playera dice “B-0”, mi nombre supuestamente. Mi compañero de celda (recientemente cambiado a mi habitación), “B-01”, no ayudaba mucho. Nuestros vecinos reían todo el tiempo, como si cada día les contaran un chiste buenísimo. “El purgatorio, nuestro hogar”, decía B-01, “éste debe ser el purgatorio”. Nuestra habitación tenía muy poca luz, de color blanco y con goteras, con olores raros de vez en cuando. Teníamos camas por separado sin ninguna cobija o sabana. No había ventanas, solo luces blancas. El pasillo de afuera tenía la luz blanca aun más intensa que la de las habitaciones. Me levante de nuevo de mi cama y fui hacia la ventanilla de la puerta. No dejaba de pesar en A-58.           
– Eh, tú, ¡Aléjate de la ventana! Harás que noten nuestra presencia. –me gritaba B-01, quien estaba sentado sobre la orilla de su cama, tranquilo.  
– Creo que ya la notaron desde hace tiempo.          
– Ah sí, por supuesto. Dime, ¿Cuánto tiempo llevas aquí?  
– Bueno… no lo sé.   
B-01 me observo detenidamente, después se levanto, empujo su cama, de donde salieron unas cuantas cucarachas y en el mismo lugar, había unas cuantas líneas. Líneas que contaron los días desde que llego ahí.  
– Yo, cuando estaba en la otra habitación, estuve 659 días para ser exactos. Estando en esta habitación, llevo 30 días. Estoy harto de este lugar. Pero por otro lado, no quiero salir de aquí. ¿Has notado que todo aquel que sale ya no regresa cierto?
– Sí, pero de igual forma no los conocíamos, solo estamos tú y yo aquí. A propósito, nunca hemos hablado más de la cuenta. ¿De dónde saliste tú?           
– Para serte sensato, no recuerdo bien. Tengo algunos recuerdos vagos de hace unos 3 años. Yo trabajaba de periodista, pero no tengo idea de cómo llegue a este lugar. No sé qué paso antes de estar aquí. Nada, no sé nada. ¿Y sobre ti? –Medite un poco antes de contestar, me di la vuelta nuevamente hacia la ventanilla. Un hombre de bata blanca iba directo a la habitación de nuestros vecinos.        
– Yo he estado aquí toda mi vida. –observe que sacaron a otra chica de la habitación. Tenía camisa de fuerza y seguía riendo. Su camisa decía “C-37”. La recostaron sobre una camilla y la amarraron con cinturones. Trato de zafarse, pero un pequeño artefacto que le pusieron en el cuello, hizo que diera un brinco y callera dormida. ¿Qué habrá sido eso? La bocina volvía a oírse.     
– ¿Toda tu vida?       
– Toda mi vida, así que no sabría que decirte nada sobre mí. ¿Tú nombre es B-01 cierto?
–No, yo me llamo Gregorio.
– ¡Tu nombre es muy gracioso!         
– No puedo decir lo mismo. Entonces, no tienes un nombre, ¿cierto?        
– Sí, B-0. –me di la vuelta y camine hacia mi cama. Gregorio miraba cada movimiento que yo hacía. Observaba con expresión queda y pensativa.
– Ese no es un nombre. ¿Cómo creerás que eso es un nombre?      
– ¿Entonces como me llamo? –Gregorio aparto la mirada. Hubo un largo silencio. Aburrido, sin sentido, molesto. –Al menos yo te llamaré Julia. Tienes cara de ser una Julia. Una joven hermosa llamada Julia.           
–Si tú lo dices.           
– ¿Tienes una mínima idea de que hacen aquí?        
– Nunca he salido de esta habitación. Antes tenía un compañero de celda, “B-02”. Y un día al despertar ya no estaba. Sospecho que escapo.           
– Eres muy inocente. Seguro se lo llevaron al igual que a los otros. Un momento… ¿B-02? –decía al tiempo que miraba su camisa y la mía.     
–Sí, B-02, ¿Por qué? –se levanto de su cama de golpe y, apartándome de la puerta, comenzó a gritarle a la nada, al tiempo que golpeaba la puerta.         
– ¡Desgraciados! ¡Qué eh hecho yo para estar en este lugar! ¿¡Qué he hecho!? –en ese instante llegaron las personas de bata blanca, y con el artefacto que usaron contra “C-37” lo usaron de nuevo contra él. Gregorio, forcejeando, trato de evitar que la maquinita lo tocara, pero otro hombre de bata blanca y una máscara, saco otro artefacto. Se escucho un “Bum” salir de esa cosa, y la camisa de Gregorio se tiño de un rojizo carmesí. Parecía pintura, como la que me daban de pequeña para hacer dibujos. Mire la escena sin hacer ningún movimiento. Abrieron la puerta y acto seguido, sacaron a Gregorio de la habitación.
– ¿A dónde lo llevan? –no obtuve respuesta, era como si no existiera. Sacaron por completo el cuerpo de Gregorio arrastrándolo hasta un poco más lejos del cuarto, dejando detrás un sendero carmesí. Nunca había visto algo similar. Cerraron la puerta de nuevo con llave. Me asomé por la ventanilla. Movían el cuerpo de Gregorio como si fuera una muñeca de trapo, como de esas muñecas de harina y trapos viejos mal cosidos que me daban de pequeña. La camisa de Gregorio seguía manchándose de ese rojo tan peculiar. Llego otro hombre de bata con una camilla, subieron su cuerpo sin ningún cuidado. Después caminaron hasta el fondo del pasillo. La bocina volvía a sonar.      

Gregorio no regreso. La luz de mi habitación se apagó, y tan solo quedo la luz del pasillo iluminando mí celda. Trataba de dormir, mi cuerpo me lo pedía, pero sin embargo, no pude dormir. Y gracias a eso, pude escuchar algunos pasos en el pasillo infinito. Cerré los ojos para fingir estar dormida., y por fortuna, no entraron a mi celda. Fueron directo con mi vecino. Me levante para ver qué ocurriría esta vez. Me asome por la ventanilla, mi vecino era “C-38”, era un chico bastante similar a C-37. Iba riendo, como siempre, con una camisa de fuerza y en sus labios se notaba la sequedad, y en su rostro una palidez muy idéntica a la de la chica que se llevaron hace rato, con la diferencia de que él se lo tomo con más calma. Cuando pasaron frente a mi puerta, el me miro con una sonrisa. Se detuvo, se acercó a mi ventanilla. Sentí su aliento tibio en mi rostro, y empezó a balbucear y a reír de nuevo. El hombre de bata lo jalo, y continuaron caminando por el pasillo eterno. La bocina volvía a sonar.

Empecé a imaginar cosas graciosas en mi cabeza, como cuando de pequeña. Cuando antes me daban pinturas y papel para dibujar, recuerdo que dibuje a un hombre que fingía ser un perro. Era demasiado gracioso. Un hombre de bata blanca rio conmigo cuando lo dibuje. Otro dibujo que de igual manera tengo marcado, y por supuesto, era mi favorito, era el dibujo de un hombre con patas de cabra. Hice demasiados dibujos de pequeña, pero esos fueron por los que más sentí atracción, y cada uno de ellos, me fueron arrebatados, al igual que mis muñecas de trapo. Pero no importaba. Todo transcurría tan aburrido sin Gregorio. No tenía con quien hablar. Miraba por la ventanilla de vez en cuando pero, ya no pasaban los hombres de bata blanca. A veces me preguntaba, ¿Qué se sentiría salir de esta habitación? Nunca había pisado el suelo fuera de ella. Y en ese instante, volví a escuchar las pisadas en el pasillo eterno. Miré por la ventanilla, no miré nada. Se sentía el aire tranquilo, en silencio, a excepción de las pisadas aproximándose. Este hombre llevaba una máscara blanca que solo le cubría la boca, y sin duda también con la bata blanca. Abrió mi habitación. Me sentí ansiosa, al fin saldría de aquella celda. Sabría en donde están los demás, Gregorio. Lo vería de nuevo. Abrió la puerta, yo di un par de pasos hacia atrás para permitirle el paso. Aquel hombre entro y cerró la puerta nuevamente. Me miro detenidamente, abrió los ojos como platos, se los froto y volvió a mirarme.
– Es una verdadera lástima que una adolescente tan endemoniadamente hermosa como tu vaya al laboratorio. 
– “¿Laboratorio?” –pensé. – “¿Qué será eso?” –no le dije nada, sólo me limite a obsérvalo.
Aquel hombre camino hacia mí. Me bofeteo y me lanzo a la cama. No tenía idea porque me golpeaba. Sentí un escalofrío, era… era miedo. Nunca lo había sentido. El hombre se aproximó lentamente a mí. Acto seguido, se bajo el pantalón.
Se me hizo eterno aquel momento. Quede tumbada sobre mi cama, con lágrimas en los ojos. Ese hombre salió de la celda y volvió a cerrar la puerta con llave. Me vio por la ventanilla, y dijo “mañana volveré por ti”. No quería volver a experimentar esa sensación. Si volvía a ver a aquel hombre, iba a estallar en llanto nuevamente, y sentiría el miedo recorrerme. Me subí las bragas, y quede en posición fetal por quien sabe cuánto tiempo. Otra pregunta rondaba en mi cabeza, ¿Qué harían en ese llamado “laboratorio”? ¿Harían cosas similares a ésta? Ya no quería averiguarlo. El rato continuaba aburrido sin Gregorio. En ese instante yo deseaba tener una de esas muñecas de trapo que tenía. Recuerdo que una de esas muñecas tenía dos cabezas, debido a que yo había roto el cuerpo de una. Fue la primera vez que lloré. Uno de aquellos hombres se ofreció a repararla, pero yo me negué, diciendo que la muñeca se sentiría mal por tener un cuerpo deforme. Así que dije que la muñeca me agradecería si la cosiera al cuerpo de otra muñeca. Ese recuerdo al menos me hizo reír un poco.

Las pisadas volvían a escucharse en el pasillo eterno. Me quede tiesa y abrí los ojos como platos. Mire a mi alrededor, no había nada para esconderse, tan sólo la cama. Eso debería servir. Me metí debajo de la cama con toda la suciedad y mucosidad del suelo, junto a las cucarachas. La puerta se abrió lentamente. Vi las piernas de aquella persona. Camino lento hasta quedar en medio del cuarto, y se quedo quieto. Mantuve la respiración, creyendo que no sabría que estaba debajo de mi cama. Se dio la vuelta y salió nuevamente de la habitación. Cerró la puerta. Ante esa señal, vi que estaba a salvo. Salí lentamente de debajo de mi cama, y sorpresa. El mismo hombre de bata blanca me tomo por detrás. Y el otro hombre que había salido nuevamente volvió a entrar. Empecé a forcejear y a gritar, aterrada. Me di cuenta que el hombre que me había tomado por detrás había entrado sin ser notado debido a que su compañero lo cargo en sus hombros. Uno me tomaba por detrás y otro por las piernas. Me sacaron de la habitación. Empecé a balbucear que yo quería ser quien caminara, ya que tenia la tentación de tocar el piso. Pero me ignoraron. Me recostaron en la camilla a la fuerza. Sacaron aquel artefacto que utilizaron con C-37 y sentí un dolor en el brazo. Un dolor agudo y punzante. No lo había sentido antes. Comenzaron a amarrarme a la camilla con los cinturones. Me pusieron algo raro en la boca. Algo transparente y frio, atado a un tubo flexible. Se empañaba cada vez que respiraba y sentí como algo delgado entraba a mi piel. Gire mis ojos hacia donde sentí ese dolor, era en mi brazo en donde un tubito el cual era presionado por un hombre, iba introduciendo un liquido en mi brazo. Empezó a doler en cuanto el líquido llego al final. Retiraron el tubito. Y empezaron a caminar por el pasillo eterno. Empecé a sentir una pesadez en los ojos, y vi algunos colores raros a mí alrededor, seguido por manchas negras en mis ojos. No entendía por qué tenía sueño, había dormido apenas hace un rato. Finalmente cerré los ojos.
Desperté en una habitación negra sobre una cama un poco más cómoda que la anterior en la que dormía. La puerta esta vez eran unas rejas, y sentía que no podía levantarme ni nada, mi cuerpo estaba pesado. Sólo lograba mover los ojos. Frente a mí, estaba alguien dormido. ¡Era Gregorio! Me alegraba tanto el verlo. Trate de moverme de a poco, pero no pude hacerlo. Escuche nuevamente pasos fuera de la celda. Levante la mirada hacia ella, y era una mujer que llevaba una bandeja con comida. Abrió la reja de enfrente, y se dirigía a dos personas. “Gracias” contestaron ambos al unísono. Era un hombre y una mujer. Salió la mujer de la celda y volvió a cerrarla con llave. Miro hacia la celda de nosotros y un tanto alarmada, dijo casi gritando:    
– ¡Al fin has despertado! ¡Esto sí que es un gran logro para la ciencia! –le mantuve la mirada fija, y abrí un poco los labios, sentí mi lengua adormecida, pero pude hablar.
– ¿Q-qué paso?          
– Estuviste dormida durante un par de semanas, ha pasado mucho tiempo desde la operación, ¡Y sí que ha sido un éxito! –la mire, estupefacta, no entendía a que se refería. –Bueno, no desesperes, supongo que tu cuerpo sigue dormido después de tanta anestesia y por el cambio. Iré por el señor Homero. Enseguida te revisara.    
Trate de moverme lo más rápido antes de que ese hombre llegara. Entonces logre ver como Gregorio se empezaba a despertar. Se levanto y se estiro muy raramente.     
– G-Gregorio… – decía por lo bajo pero no me hizo caso. Se volvió hacia mí, y caminando en cuatro, acerco su rostro a mi cara, olfateándome.        – ¿Q-qué haces? –dio un respingo y me paso su lengua por la mejilla.        Luego regreso al lugar en donde estaba dormido y volvió a acostarse.      

Poco después, regreso aquella mujer con la que hable antes y un hombre, lo más probable el tal “Homero”.       
– ¿Cómo te sientes? –pregunto él.    
– Muy… rara…         
– Es normal. En un rato podrás ponerte de pie. ¡Cristina! ¡Víctor! Ustedes se encargaran de ayudarla a levantarse.            -Abrió la reja de frente, salió una sola persona. Y fue cuando me di cuenta que Cristina y Víctor eran C-37 y C-38. Estaban totalmente diferentes. Volví a aterrarme. ¡Ellos dos eran uno mismo! Sus cabezas estaban juntas como aquella muñeca de trapo que tenía de pequeña. Homero les abrió la reja de mi celda y ambos entraron con una sonrisa en el rostro. Me miraron expectantes y dijeron al unísono:  
– ¿En verdad creen que se podrá levantar así?        
– Tiene que, sólo queda una semana para que vengan por ustedes.
– Bueno, trataremos de ponerla de pie.        
Homero cerró la reja tras ellos, y se escucho como se alejaban y cerraban la puerta de golpe. Ellos se acercaron a mí, yo tenía los ojos nuevamente empapados de lágrimas y abiertos como platos. Me tomaron un brazo y empezaron a masajearlo. Después con el otro brazo y por mi tronco. Poco a poco iba recobrando la movilidad. Me ayudaron a sentarme. Yo sentía una enorme comezón en las piernas, pero ellos evitaron que me tocara siquiera la pierna.    
– No creemos que quieras tocarte.    
– ¿Y por qué no? En verdad pica, es como si tuviera pelo en mis piernas. –ellos se miraron entre sí, yo sólo me limité a verlos.         
– A propósito, ¿Qué ustedes no se la pasaban riendo?        
– Era por un gas que había en nuestra habitación, nos tenía adormecidos y hacíamos tonterías.
– Ya entiendo. –se hizo un silencio incomodo, los mire y ambos tenían la cabeza baja, pensativos. –Quisiera caminar un poco. –me lleve una mano a la cabeza, buscando rascarme, cuando sentí algo duro en mi cabeza. Algo duro, grueso y largo. – ¿Q-qué diablos es esto? –dije con voz quebrante.           
–Es lo que queríamos decirte. Un cuerno. –me ayudaron a levantarme sin decir nada más, y escuche como al levantarme se escuchaba el andar de un caballo. Camine y volvía a escucharse. Entonces gire la cabeza hacia abajo, y mi cuerpo era ahora, el de un animal peludo con pesuñas. Empecé a gritar. Gregorio se levanto de golpe y empezó a hacer un ruido extraño con la boca. Un ladrido.      
– ¿Qué es esto? ¿QUÉ ES ESTO?   
– La nueva tú.
Aquel hombre Homero volvió a entrar a las celdas y entro a la nuestra con un tubito similar al que había visto antes de quedarme dormida. Evite que volviera a ponerlo sobre mi piel, y caí se rodillas. Derrame unas cuantas lágrimas. C-37 y C-38, o como los habían llamado, Cristina y Víctor, respectivamente, se pusieron de cuclillas junto a mí. Sin decir nada. Gregorio sólo me miraba, de igual forma ya no era el Gregorio que conocí, ya no era B-01. Aquellos chicos tan idénticos que ahora eran uno mismo, le dijeron a Homero que ya no hacían falta más medicinas ni anestesias. Se retiro y yo aun con la cabeza baja, aquellos me dijeron:
– Bienvenida al circo de los fenómenos.      

Pasaron los días, como solían decirles, cuando llego un hombre de traje colorido, con bastón y sombrero. Esperaba por afuera de las celdas. Nos miro a los 4.   
-Sí que son magníficos, sobre todo aquella chica. ¿Cómo se llama? –Pregunto aquel hombre del bastón.           
– No tiene nombre, nosotros la llamamos B-0. –contesto Homero.
– No, por favor. –interrumpí. – Llámeme Julia.       
– Julia entonces. Homero, estoy interesado en los 4, me los llevo. Claro por el precio justo.
– Por supuesto, podrás llevártelos hoy mismo.        
Y dicho eso, se dirigieron a la puerta, seguidos por el rechinido de la misma y el azote al cerrar. Nuevamente se escucho un silencio incomodo.         
– ¿A dónde nos llevarán? –pregunte a los gemelos.
– Bueno, hemos escuchado de Homero que es un circo.     
– Suena divertido.     
– Claro, si te gusta que se burlen de ti.         
No dije nada a la última respuesta de los gemelos. Gregorio estaba dormido nuevamente. No podía creer que lo transformaran, de alguna manera, en perro. Según me dijeron los hermanos, alteraron su ADN. Yo, por supuesto, no sabía qué era eso. Seguía siendo una ignorante sin remedio.           
Aquel hombre del bastón nos hizo salir de la celda, nos dirigimos a otra puerta. En cuanto la abrieron, una luz enceguecedora me ilumino el rostro.
– ¿Eso es el sol? –pregunté.  
– Eso es el sol. –respondieron los hermanos. Ese sol era algo maravilloso, nunca lo había visto. Era muy diferente a como se veía en los libros de dibujo.            
El hombre del bastón, llevaba a Gregorio con una cadena. Él por su parte, llevaba la lengua de fuera. Lo subió a una jaula con cosas redondas debajo. Creo que eran llantas. Si eso eran. En otra jaula subieron los gemelos Cristina y Víctor. Y finalmente yo, subí a otra jaula. Nuevamente encerrada. Homero se dio la vuelta, sin despedirse de nosotros. Yo sólo vi como nos alejábamos del lugar.

El cielo se tornaba oscuro, era hermoso ver todo por primera vez. La luna estaba en su esplendor. Esa noche comenzaron a poner una carpa colorida, muy grande en medio del bosque. Llevaron nuestras jaulas dentro. Más tarde, empezó a llegar gente adulta y algunos niños. Nos miraban asombrados. Algunos nos arrojaban comida como si fuéramos animales. Miré a mi alrededor, se burlaban de nosotros, de mí. Había escuchado comentarios como “Es increíble que alguien como ella haya nacido así”. ¡Se equivocaban! Yo no había nacido así. Si supieran. Los hermanos trataban de alentarme. Pero solo hacían que me pusiera peor ante la situación. Cada noche, ambos decían: “No llores, alégrate de que al fin tienes un hogar, pero deja de llorar, que el show está a punto de comenzar.”

Circo de Fenómenos

Posted by Viridiana Belikov ♠

–Come hasta que sólo queden los huesos, y si no es suficiente, muerde los platos. Si no lo como todo, me sentiré una fracasada.

Desayuno para hoy:    
-Naranjada con 15 ml de veneno de serpiente.           
-Cereal con trozos de carne cruda al gusto.    
-Sopa de veneno con setas.    
-Ensalada, preparada caprichosamente por el sirviente.          
-Surtido de frutas podridas de fuera de temporada.    
-Café “incapaz de despertarse” (descafeinado)           

Un glorioso día para la joven Anel. Comía caprichosamente su desayuno con una sonrisa dibujada en el rostro. La señorita Anel, solía tener un gusto extremadamente raro con las comidas. Siendo una maníaca de las comidas “exóticas”, ella solía comer cada día cosas realmente repugnantes que pondría enferma a cualquier persona.  Su hogar tenía un olor realmente horrible, pero para Anel, ese olor era la gloria. No era una persona millonaria, pero tampoco era pobre. Por lo que tenía un sirviente y un chef personal. Este par tenían un estómago fuerte para soportar ver como Anel comía gustosamente toda esa comida repugnante. La señorita Anel, tenía un fuerte deseo: probar todas las comidas más horribles del mundo. E incluso llegó a decir que todos los ingredientes habían sido creados esencialmente para ella. Quería devorar todo, cada pedazo del mundo. Sin embargo, Anel no soportaba que la traicionaran, o al menos ella lo veía de esa forma. El chef que tenía actualmente, era el 15° del año. De los otros 14, se les había perdido el rastro.          
– Siento un vacío en el estómago, Rogelio. –le decía  a su querido sirviente. –Dile a Uriel que si aún quiere servirme, que me presente otro platillo digno de ser comido por mí. Anda, ¡Ve! –Rogelio se apresuró a decirle al chef Uriel sobre la insatisfecha de Anel.

Comida para hoy:       
-Ensalada a la “César” (literalmente sí)
-Pulpo relleno de su propia tinta, a medio coser, aun agonizando.       
-Berenjena con sabor amargo.
-Pan al horno del mes pasado.
-Helado hecho con sangre de su chef Arnoldo.           
-Sopa de miso con trozos de queso añejo.

–Oh, ¡Uriel! ¡Te has lucido esta vez! –exclamo Anel con alegría mientras comía el helado de Arnoldo. – ¡No tenía idea de que aun habían quedado restos de César y Arnoldo! ¡Fue una grata sorpresa!
–No hay de qué mi señora, lo que usted quiera siempre puede contar con que yo le cumpliré sus ordenes sin reclamar.            
–Aunque, a la ensalada de César le hizo falta un poco de cabello. Hubiera sido un complemento perfecto para la ensalada.            
–Le aseguro que para la próxima me asegurare que tenga más cabello. –Uriel  miró a Anel con un poco de temor, y enseguida, con voz muy suave y tenue,  dijo–: Señorita Anel, usted sabe que yo he trabajado para usted desde hace dos meses. He trabajado sin descanso. Jamás me atrevería a pedirle esto, pero es realmente necesario. ¿Podría darme un par de días libres? Necesito ir a ver a mi madre que está gravemente enferma. –Anel dejó de comer sólo para ver siniestramente a Uriel.   
– ¿Qué acabas de decir? –ella, enfadada, se levantó de su asiento, caminó dando zancadas hacia Uriel. Se puso sobre las puntas de sus pies para quedar a su altura y comenzó a decirle: – ¡De verdad qué gente de lo más inútil tengo que soportar! Tenemos un trato Uriel. Según este tratado prometiste no irte en ningún momento, ¡Así que no me vengas con esa mierda! –Anel, no dejaba de gritarle a Uriel, las mejillas se le iluminaron de un rojo muy tenue, se dio la vuelta y se dirigió hacia la mesa, recargándose en ella. Rogelio solo miraba la escena estupefacto. No se atrevería a meterse en la discusión. –Rogelio, trae mi teléfono, ¡Ahora! Y Uriel… te quiero en la cocina ahora mismo. En un momento voy. –Rogelio corrió deprisa por el teléfono de Anel, y ella, enfurecida, dio un respingo y fue rápidamente a la cocina.      
–Uriel, no puedo permitir que te vayas, ¡eres el único chef que me ha durado más de dos meses!
–Sólo son un par de días, es lo único que le pido. –Anel, camino hacia el fregadero, abrió el grifo y lavo un par de platos y utensilios. Cuando termino, se seco las manos con la toalla y se giro para ver a Uriel. Éste la miraba quieto, a la vez que Anel caminaba de un lado a otro. Se detuvo un momento, y se encamino hacia él. Lo abrazo, pero éste no correspondió al abrazo. Anel se separo y Uriel cayó de cuclillas al suelo. Se apoyó con las manos al suelo y entonces, Anel lo pateó fuertemente en la cara. Su tacón le había marcado en el rostro, y Uriel perdió el conocimiento. Rato después, llegó Rogelio, con el teléfono en mano, quien miraba expectante lo ocurrido.

La casa estaba en silencio. Anel se encerró en su habitación. Rogelio descuartizaba a Uriel, y después metió las extremidades y el torso en el congelador. La cabeza la puso a un lado. Tomó el teléfono de Anel, y llamó al chef número 16°. No aceptó el trabajo.
Rogelio detestaba cocinar para Anel, con la idea de que no le gustarán sus comidas, pero debido a que ella nunca reclamaba acerca de sus comidas, accedió con placer.

Cena de hoy   
-Ensalada con los ojos del chef Arnoldo, César y Uriel.          
-Surtido rico de entrañas de César.     
-Pasta de vino tinto.    
-Vino color de rosa que hará estremecerle la médula ósea (Bueno es sangre rebajada con alcohol).   
-Sopa de baba de caracol.      
-Galette Saucisse.       

–Bueno, tu arte en la cocina no es tan malo, pero es aceptable. Le das el sabor de la desesperación.
–Es un alivio para mí escuchar eso.     
Anel terminaba de tomarse el vino. Miraba una y otra vez a Rogelio. Terminó por decir:
–Rogelio, tú has sido devoto a mí desde el principio, te agradezco y alago por tu valentía. Nunca trataste de irte. Impresionante. –el fiel sirviente rellenaba la copa de su ama. Ésta dio un sorbo, y se quedo con la mirada pensativa. –Arrodíllate y besa mis pies. –dijo.
– ¿Qué? Ja-ja que buena broma mi seño…    
–Arrodíllate y besa mis pies.    –Rogelio, expectante, hizo cumplir aquel mandamiento al instante. –Mi dulce sirviente… ¿A que sabes? –Anel se levanto de su asiento. Rogelio se arrastró por el piso.     
-¿Q-qué es lo que dice…? –La chica no respondió. Y con una sonrisa, le dijo:
– ¡Es broma! ¿Cómo creerás que te comería?            
– ¡No haga bromas de ese tipo! No son de buen gusto.          
–Te necesito vivo, Rogelio. –Ella se dio la vuelta y en un susurro, dijo: “Por ahora”.
Esa noche, en la madrugada, el pobre hombre no podía dormir. Aquellas palabras aún resonaban en su cabeza. Aun siéndole devoto a Anel, no podría asegurar que quedaría vivo.

A la mañana siguiente, Rogelio tenía ojeras demasiado marcadas bajo sus ojos cansados. Fue a poner el agua caliente para que Anel se bañara. Lo curioso de esto, que no era agua, era leche. Aquella chica disfrutaba bañarse por la mañana en leche, y por la noche en agua.

Desayuno para hoy:    
-Limonada sin azúcar, con veneno de alacrán. 
-Baguette de jamón del cerdo de la esquina.   
-Crema de champiñones recién cortados con moho.   
-Pan tostado con moho y mermelada. 

– “Un desayuno sencillo para el día de hoy”. –pensaba Anel. El sirviente se encontraba en la cocina, intentando contactar al chef número 16°. Sin mencionar palabra, la mañana transcurrió sin novedades. La casa estaba en completo silencio, como si nadie habitara ahí. Rogelio limpiaba la casa. Anel se encontraba encerrada en su habitación. Y, raramente, Anel bajo a prepararse su comida. El joven sirviente no sabía que se había preparado, por lo que no puedo decir que era exactamente. Transcurrieron las horas, cayó la noche. Anel dejo una nota para Rogelio: “No llames a un próximo chef”.

Anel tomaba su baño en agua a la mitad de la noche. Acariciaba su piel una y otra vez con las burbujas. Tomaba un trago de su vino tinto de vez en cuando. Empezaron a llamar a la puerta.
–Mi señora, ya he preparado su cama, si no me necesita más, iré a dormir.
–Se me antoja un bocadillo nocturno Rogelio. ¿Puedes prepararme algo sencillo?
–Enseguida.
El antojo nocturno constó de un emparedado de carne de res a medio cocer. Sin ningún condimento. Rogelio lo dejó en la habitación de Anel y enseguida, fue a la suya a descansar.

Esa noche, el fiel sirviente durmió cómodamente. Olvidó lo ocurrido hace apenas un par de días y pudo descansar. La puerta de su habitación se abrió. Anel se acercó a su cama. Se sentó en ella. Miró a Rogelio un buen rato. Se levantó y se acercó a su oído. Y entre murmullos, comenzó a decir:            –Mi querido sirviente, ¿A que sabes? –. Comenzó a apuñalarlo con un pica hielo, el mismo que utilizó con Uriel. Rogelio, despertó de golpe al momento del primer pinchazo. Se quejaba y se retorcía del dolor. Murmuraba cosas, las cuales no eran entendibles para Anel, ni para mí. Rogelio tenía unas cuantas lágrimas en los ojos y Anel, en melodía, le recito:        
–Los lamentos son como una orquesta que resuena en mis oídos. Es tan… hermoso. –dejó de apuñalarlo. Rogelio seguía vivo, pero agonizante. La veía con la vista nublada y cubierto de lágrimas.      
– A-Anel…    
Ella se acercó a su rostro, besó sus lágrimas, y articulo en su oído.     
–Me siento hechizada por ti, por eso he decidido devorarte, no puedo permitir que decidas abandonarme algún día.
La agonía de Rogelio llegó a su fin. Anel bebía su sangre en una copa delgada. Jugaba con el contenido de la copa una y otra vez. Miraba a la nada. Tarareaba una canción por lo bajo, y continuo jugando con la copa. Miró la copa. Miró a la nada. Miró a la copa. Miró su brazo. Miró el cuchillo. Miró su muñeca. Miró el cuchillo. Sonrió afablemente. –Aún queda mucho más por comer. –Efectivamente, la comida más mala, y repugnante, resulto ser ella misma. Tomo el cuchillo. Corto su mano. Provoco una hemorragia. Se puso un torniquete. Mordió su mano. Sonrió. Conoció todos los sabores del mundo. Que gusto tenía ella en su rostro. Se levantó. Se cayó. La copa de sangre se derramo. Miró hacia atrás. Se levantó. Pronunció unas palabras a Rogelio. “Que descanse en paz tu dolorosa alma” le dijo. Caminó a la cocina. Su brazo comenzaba a ponerse morado. Tomó otro cuchillo. Se cortó la yugular. 

¿Qué habrá para hoy?

Posted by Viridiana Belikov ♠
martes, 11 de diciembre de 2012

La calle se hayaba en total silencio, no podía ser nada bueno. Camine sin tomarle la mayor importancia, sólo eran supersticiones. Me detuve en la esquina, y espere a que pasara un taxi. Comencé a juguetear con mis pies mientras estaba en la espera. Tome aire fuertemente y exale por la boca. Miraba a ambos lados de la calle, todo desolado. Una persona llegó del otro lado. También se detuvo. Si espe
raba también transporte, ya tenía adversario para ganar un taxi. Iluso sí creía que iba a dejarlo. No sé cuanto tiempo paso antes de que llegará el taxi (oh sí, se lo gane) pero ya estando dentro y después de dar mis indicaciones, sonó mi celular. Era ella, de nuevo. Que insistente, no es que se convirtiera en una molestia, pero en verdad, creo que una persona sabe cuando debe parar. ¿Por qué ella no? El taxista me habla.
-¡Joven! Ijole tendrá que disculparme, mi taxi se quedó sin gasolina. Mire, aquí a la vuelta hay una gasolinera, ¿me ayuda a llevarlo? -Dijo el taxista con acento de ser de barrio bajo. No le respondí pero no me quedaba de otra más que ayudarlo. Y al llegar, mi teléfono volvía a sonar. Lo puse en espera y lo guarde. Mejor le pague al taxista y decidí caminar, ya no faltaba tanto para llegar a la casa de Caro. - "Sólo una cuadra más". -Pensaba para mis adentros, mientras cruzaba aquella extensa avenida. Un dolor agudo empezó a penetrarme las entrañas, la sangre impedía que pudiera ver por completo, casi no podía respirar, una de mis piernas estaba fuera de su órbita, y finalmente, no faltaban los mirones. Con lo poco que lograba ver, un automóvil blanco se encontraba estrellado contra un poste de luz, el cuál había quedado inclinado. Dentro del automóvil se hayaba un hombre, cuyo rostro me era familiar: era el hermano de Sofía, mi novia, y su acompañante, era el hombre que vi al otro lado de la calle. Caro se abrió paso entre la multitud, su rostro pálido y horrorizado era más que obvio. Empecé a perder el conocimiento. Acto seguido, un disparo. Caro cayó de rodillas, y el hermano de Sofía, se dio un tiro dentro de su boca con la misma arma. Su acompañante, sólo miro, inerte, en silencio.

Incidente

Posted by Viridiana Belikov ♠
jueves, 15 de noviembre de 2012
Recuerdo cuando me mencionabas a tus amigos, creyendo que nunca iba a saberlo. Recuerdo cuando me mandabas indirectas, creyendo que no iba a entenderlas. Recuerdo también cuando molestabas a las demás y a mí me tratabas de manera diferente a ellas. Recuerdo cuando me robaste un beso en el momento más indicado. Sin embargo, yo reí y no dije nada, seguí sonriendo, dándome cuenta que quizá eras la persona adecuada para mí. Estúpida yo que no lo dije en ése momento.
No han cambiado muchas cosas, sigue casi todo igual. Bueno, no todo. Creo que esa situación empeoro. Jugueteamos como novios, pareciendo un par de niños con sobredosis de azúcar. ¿Qué por qué empeoro? Simple, te conseguiste novia, y sin importarte, seguías jugueteando conmigo. Estúpida yo que lo permití.
No paso mucho tiempo para que ella me odiara. Que más da, todos mis amigos, conocidos y hasta él mismo, la odian. ¿ Irónico no?
Aún sabiendo todo eso, que no es más que un simple coqueteo involuntario, que él quiere tenerme ahí para cuando todo acabe. Sabiendo, que me miente cada que tiene la oportunidad. Él piensa que yo no sé la verdad.
Él me ha olvidado. Estúpida yo que deje pasar mi oportunidad. Fingir que no te importa, duele más de lo que se cree. Tratar de alejarse de él, no es fácil, sabiendo que se da cuenta de tus intensiones, se acerca y evita que lo dejes. ¿Qué hacerle? Nada. Sólo aguantar. No... ya no más.
Sigue tu camino, que yo seguiré el mio.
Te quiero tanto, te quiero así. No quiero alejarme, pero esta vez debe ser definitivo. Sólo así, ella dejará de enojarse contigo. No quiero que tengas más problemas por mi culpa.
Ahora, tengo una oportunidad para ser feliz, así como tú dices estarlo cuando estas con nuestros amigos. Suerte para ti, suerte para ella.
Me duele la decisión, pero es lo correcto. Aunque al final, ambos digamos que es una amistad, que somos como hermana y hermano, en el fondo, sabemos todo lo que ocurrió en el pasado. Incluso nuestros conocidos. Es increíble que ese lazo se rompa por algo tan tonto como el amor, quien fue quien nos tenía unidos en cierto modo.
He de terminar con esto ahora, o terminare por derramar lágrimas. Lágrimas no correspondidas. Ahora me doy cuenta.

Adiós ojos marrones, adiós mi amor.

¿Recuerdos?

Posted by Viridiana Belikov ♠
miércoles, 15 de agosto de 2012

Desperté después de un rato, no sabía dónde estaba, baje las escaleras y daba a la estación, ¿Cómo llegue aquí? Lo ignoro. Miro a todos lados, estoy sola. Espero el tren. Una persona llega del otro lado. Me observa, lo observo. Espera, es una chica, y no aparta su mirada, la esquivo, sigue buscando que la vea. Camino desesperado, ella se mantiene ahí. Me dirijo a las escaleras, no soporto la tensión. Está lloviendo, mala suerte. Me estoy mojando, que lastima. Espera… alguien me sigue. ¡Es ella! Apresuro el paso. Mejor corro, ¿Qué quiere? No tengo dinero, ni siquiera sé que hacia ahí. Son más de las 12. Debería estar en mi cama dormida. Giro la cabeza, sigue siguiéndome. Tiene una capucha, ¿Qué es lo que quiere? Tomo un callejón, no sé a dónde me lleve. ¿En dónde estoy? Me pregunto una y otra vez. ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí? Sigo caminando. Giro a la izquierda. Llego a una esquina, empapada. Miro a ambos lados, ella está ahí, frente a mí. Me detengo en seco, no se ve su rostro. Sigo caminando, trato de evitarla. Viene tras de mí. Corro de nuevo, no hay luz en la calle en la que corro, más que un farol. Muy lejos de mí, debo alcanzarlo, no debo mirar atrás. Llego al farol, retrocedo un par de pasos. Creo que estoy a salvo. Siento un escalofrió, y no es del frio. Me toma de los hombros, me zafo casi por inercia. Y sin darme cuenta, me golpeo la cabeza con el farol.
Desperté después de un rato, no sabía dónde estaba, baje las escaleras y daba a la estación, ¿Cómo llegue aquí? Lo ignoro. Miro a todos lados, estoy sola... Espero el tren. Una persona llega del otro lado.

Corre, no mires atrás.

Posted by Viridiana Belikov ♠

Rosas azules florecen en la tienda departamental del canibalismo.

¿En qué creo? En todo lo que vive y respira. ¿En qué creo? En lo que puedo ver. ¿En qué creo? En mí. - Frederica Bernkastel

El suicida

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Corrí a toda prisa por las escaleras de emergencia. Temía que le hubiera pasado algo realmente grave. Subí de dos en dos los escalones para llegar a la azotea. Abrí la puerta de golpe y él estaba ahí, de pie, sólo observando hacia abajo, pensando, mirando, moviendo sus manos sin ningún control. Pero parecía tranquilo. Me acerque a Marco, y lo tomé por los hombros. Él no se molesto en verme. Lo abrace por la espalda, y le susurre al oído: "¿Qué has pensado ésta vez?" Él tomó su tiempo para contestarme. -Es maravilloso... Vi la altura del edificio, es la altura ideal. Pensé en que podría caer de cabeza, en picada, incluso podría hacer parecer la muerte algo cómica. Podría ir cayendo leyendo el periodico de esta mañana, y el título de la noticia sería "Murió por la nota roja de esta semana". Pero pensé, "es un título realmente estúpido para mi muerte." Y luego... pensé en mi madre. Por eso sigo aquí. Le miré, y el seguía mirando hacia abajo. No podía creer que su madre fuera tanto su razón de vida. Bueno, no conocía del todo su historia, pero algo debió haber hecho su madre como para que ella sea su fuerza. Lo tomé de la mano, y lo jale hacia dentro del edificio. Él dejo que me lo llevara. La saque de ahí, y lo hice subir a mi auto. Él sólo jugaba con su cubo de rubik, de costumbre. Fue mala idea llevarlo a dar una vuelta. No me paso por la mente que él podría escaparse en un abrir y cerrar de ojos. Tenía que vigilarlo en todo momento y no lo hice. En verdad agradezco que Marco se detenga tan sólo al pensar en su madre. Lo miré un segundo, no quise decirle nada, no ahora. No era la primera vez que Marco pensaba en maneras de suicidarse, de cómo lo vería la gente, o de cuanta sangre derramada habría. Pero al final, Marco pensaba en la cara de su madre. La reacción que ella tomaría, de cuanto sufriría por él. A veces no sabía cómo su madre podía soportar las ideas suicidas de su hijo. De su único hijo. De igual modo, no podía creer que Marco se controle ante el suicidio. Lleva haciéndolo por más de un año.

Un dato curioso sobre Marco, él piensa en el suicidio muy seguido, en las maneras de cómo él podría suicidarse, pero Marco ayuda a otros chicos con las mismas ideas a que no lo hagan. Marco llega a ser muy motivante con estos chicos. Los convence por internet a que no lo hagan, o incluso, a mis otros pacientes más jovenes que Marco, él los motiva a seguir adelante, a no rendirse, a no pensar en la muerte. Marco y yo llevamos trabajando un año, y él se ha mantenido con vida por su madre. Yo he llegado a desarrollar un cierto afecto hacia Marco. Me recuerda mucho a mi hijo, fallecido ya hace 7 años. Mi hijo, era una persona que amaba ayudar a los demás en sus problemas personales, aunque él no pudiera resolver sus propios problemas. Su muerte, sin duda, fue muy difícil para mí. Él no merecía morir así. Mi hijo era un skater, amaba patinar. Hay ciertas partes de la ciudad en las que se esta prohibido patinar, por los peligros que éstos representan. Pero a mi hijo, así como a muchos otros, no les importa. Mi hijo cayó de un segundo piso. Yo entre en depresión por mucho tiempo, mis pacientes era lo que me mantenía, pero cuando conocí a Marco, supe que tenía que protegerlo costara lo que costara. Marco no sabe nada sobre mi hijo, evito que sepa mi historia. Pero no puedo evitar tratarlo a él como si fuera mi hijo. Me recuerda mucho a mi hijo.

Llegamos a mi consultorio, y lo deje dormirse en el sofá. Tomé una taza de café, y trate de relajarme, sin éxito. Suena el teléfono. Miré el número antes de respoderlo. Era del celular de la madre de Marco. Ella es divorciada. -Hey Grisella, me alegra de que llames, tu hijo se porto de maravilla estas dos semanas. Cuando quieras él puede seguir quedándose conmigo. Ahora lo veo muy relajado, se quedo dormido en el sofá. ¿Vendrás hoy a recogerlo? - No recibí respuesta de ella, sólo escuchaba su respiración, y de la nada, ella comenzo a llorar. -Oh, por Dios... ¿Qué ocurre? ¿Pasó algo malo? ¿Grisella? ¡Contéstame! ¿Sigues ahí? -Necesito un favor... llama al padre de Marco. Quiero que él se lo lleve. Sentí sudar en frío. Marco detestaba a su padre. Sólo tendría que haber una razón muy buena para que ella quisiera que se lo llevara su padre.
-Estas de broma, no podría hacerlo aunque quisiera, tú sabes mejor que nadie que Marco lo odia a muerte. -Pues tendrá que comenzar a quererlo. Yo ya no podré cuidarlo. No quiero que él me vea así en mi condición... -Estas aterrandome, ¿Qué ha pasado? ¿Qué condicion? Se hizo el silencio, ella dejo de responder, pero seguía en la linea. -¿Grisella? Sabes que yo puedo ayudarte en lo que necesites. -Me quedan tan sólo meses de vida. Me han detectado cáncer en los huesos... no sé que voy a hacer... Amo a Marco, pero no quiero que me vea sufrir, eso le complicaría más sus pensamientos. No sabía que responderle, eso podría hacer que Marco terminara por suidarse en verdad. Sin su madre, él ya no tendria razón por la cual mantenerse vivo. -Grisella... creo que es mejor que veas a tu hijo... no puedes hacerle eso, él te ama. Él sólo quiere estar contigo. -Pero no quiero que me vea así, no pudo ser detectado a tiempo mi enfermedad. Es sólo cuestión de tiempo. En verdad me aterra ver a mi hijo ahora. Por favor, sólo has eso que te he dicho. -Podría yo quedarme con él por unos días más, pero por favor, reconsidera verlo de nuevo. Y ella sin mas que decir, cortó la llamada. Me aterre por Marco, ¿Qué iba a decirle sobre su madre? Iba a ser doloroso para Marco.

Esa noche, volví a llevarme a Marco a mi casa. Él no hizo preguntas. Cuando llegamos, él fue a acostarse para continuar durmiendo. Yo iba a hacer lo mismo. No quería decirle nada esa noche. Sólo cerre la puerta como de costumbre para evitar que a él se le ocurriera hacer alguna tontería. No pude dormir esa noche. A la mañana siguiente, tuve que decirle que su madre quería que tuviera más atención a la escuela y por eso quería que se fuera con su padre. -¡No quiero hacer eso! Yo amo cuidar a mi madre. He dejado la escuela por ella, no quiero dejarla nunca sola. -No lo estará, ella estará bien. Tú seguirás viniendo conmigo, e incluso puedes quedarte aquí cuando quieras. -Me siento un estorbo. -No lo eres, nunca lo has sido.

Pasaron 3 meses desde aquella llamada, su madre sólo vio a Marco cuatro veces, y él estaba viviendo con su padre. De vez en cuando viene conmigo, sigue recurriendo a sus consultas, y continua ayudando a aquellos niños con desordenes mentales. Se le veía a Marco muy animado, pero seguía preocupandome el momento en el que Griselle iniciara su viaje. Después de la consulta con Marco, lo invite a comer a su restaurante favorito. Sé que adoraba los postres de ese restaurante, y que mejor para seguir alegrándote el día que llevándolo ahí. -¿Sabes que eres la mejor? Siempre estas preocupándome por mí, en verdad, eres demasiado buena conmigo. -Me hace sentir bien que pienses así. - Mi celular comenzo a sonar. -Oh, espera un minuto aquí. Me levante la mesa, y fui a un lugar más callado. -Si, ¿Diga? -Habla el abogado del señor Altair Valverde, el desea que su hijo, Marco Valverde, regrese a casa para las 20 horas de la noche. -Mire el reloj, faltaban 15 minutos para las 20. -Oh, me temo que sería imposible para las 20, me encuentro lejos con Marco ahora, llegaríamos allá hasta las 21, ¿Ocurrió algo? -Hoy a las 15:43, falleció la madre de Marco, Griselle Valverde. El cáncer en sus huesos avanzo más rápido de lo que creían, al fin aquella dama dejo de sufrir. -Me quede helada al escuchar aquellas palabras, no era posible. No quería creer que Griselle había fallecido ya. No quería llevar a Marco con ellos. -Entiendo la situación, ¿Es muy necesario que vaya Marco hoy? -La situación es, que la hermana de la señora Griselle demando a Altair Valverde por el cuidado de Marco, el sigue siendo un menor de edad. -Quisiera llevarlo hoy, pero usted sabrá que él tiene problemas mentales, tiene demasiadas ideas suicidas, ésto podría desencadenarle varios problemas.
-Vuelvo a decirle, si no esta aquí Marco Valverde a las 21 horas, usted quedará bajo condena. Cortó la línea el abogado. Sólo miré a Marco de reojo, me aterre al pensar en que podría pasar con él.

Lleve a Marco a casa de su padre. Él bajo de mala gana y me pidió que lo acompañara. -Marco, no puedo hacer eso, es imposible. Me van a correr. -No me dejes con él. -No tengo opción. Sólo ignóralo. Él entro a la casa, yo fui hacia mi apartamento. No quería imaginar por lo que Marco sentiría cuando se enterara sobre su madre. Comenzaba a aterrarme.

Estaba en la cocina de mi apartamento, nerviosa. No podía tener mis ideas claras. Estuve a punto de cerrar los ojos cuando mi celular vuelve a sonar. -Habla el abogado del señor Altair Valverde, lamento la molestia. -¿Qué es lo que ocurre? -Verá... Marco Valverde no esta en la casa, salió de aquí sin que lo notaramos. La hermana de la señora Griselle Valverde la sugirió a usted. Piensa que usted puede ayudarnos a encontrarlo. Me llene de desesperación, en definitivo, sin pensarlo, salí directo a mi auto. -Voy para allá, llame a la policía para que lo busque, como dije, este chico tiene ideas suicidas.

Buscamos a Marco, sin noticias. No se me podía ocurrir donde podría estar. Habíamos buscado en los lugares más comunes de suicidios, o en lugares donde él se pudiera esconder. -¡Usted es la que esta todo el día con él! ¡Debe tener una mínima idea de dónde esta! -¡Es que no lo sé! ¡No sé precisamente cómo piensa Marco! -¡Debe haber algo! ¿No hablaba Marco de algún lugar? ¿O algo que a él le excitara? ¡Usted dijo que Marco visualizaba su propia muerte! Y fue cuando me paso por la mente aquel edificio, el último lugar al que Marco recurrió para visualizar su muerte. Maneje lo más pronto posible para llegar ahí. No me importo perder la vida en el trayecto. Quería salvarlo, todavia tenía la oportunidad de salvarlo. Subí hasta la azotea de aquel edificio, y ahí estaba él, de pie junto a la orilla. Se le veía quieto, en paz. -Oh, eres tú. -Dijo él fríamente. -Marco, no quieres hacer esto. -¿Tú sabías que mi madre había muerto? -Me entere cuando te lleve a casa de tu padre. -Ella era mi todo. No sé que voy a hacer ahora, ahora entiendo todo. No quería que estuviera con ella por que sabía que iba a morir. -Entiendo tu punto, pero no puedes hacer eso. Tienes cosas por vivir, ya habías hecho un gran progreso. Tú puedes hacer mucho más. Déjame a mi hacerme cargo de ti. Estoy segura de que tú podrás hacer grandes cosas. No hagas esto. Marco, me observo, comence a dar un par de pasos hacia él, y Marco permitió que me acercara, le ofrecí mi mano, pero él la rechazo. Y sin decir nada más, inclino ligeramente su cuerpo al vacío.



La historia del bus.

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Desperté malhumorada. Como siempre. Mi madre empezó a gritar, mi papá sólo se concentró en el periódico del día y mi hermana con lo lame suelas que es, seguramente ya se había ido a la escuela sin esperarme. No tenía transporte ese día. Tuve que tomar el autobús, no era una muy buena opción, pero no me quedaba de otra. Recibí un mensaje de Rodrigo, mi novio. Nada bueno podría ser. Habíamos estado peleando desde hacía dos semanas sin descanso. Veía el fin de nuestra relación. Pero no me importaba, después de todo, sólo era costumbre. “La verdad no sé qué carajo te pasa, ¿te has quedado dormida de nuevo, no? Esta vez no te ayudaré con lo que pierdas de clase.” Decía el mensaje de Rodrigo. Me importaba poco, ya no soportaba que continuara con ello. Llegue a la parada de autobuses y espere casi 10 minutos en que uno decente pasara. Una vez arriba, vi la misma historia de siempre: la típica pareja que va discutiendo, una anciana con la bolsa del mandado, un chico guapo que por alguna razón nunca se sienta aunque haya lugares desocupados, una pareja de ancianos que se les ve enamorados aun, otro leyendo un libro, otra escuchando música con la mirada perdida… en fin, las mismas tipo de personas de siempre, sólo diferente rostro. Me senté del lado de la ventana, abrazaba mi mochila y me recargue en la misma con tal de dormir un poco. Pero los malditos baches existían. Voltee hacia fuera de la ventana, un tipo alto de traje le hizo la parada al autobús y subió. Se sentó en la primera fila y se recargo entre sus brazos. Volví a ver hacia afuera de la ventana.
– ¿Karen? ¿Karen eres tú? –.
Gire la cabeza para ver quién era el que hablaba en voz alta. Era el tipo de traje quien hablaba por teléfono. – ¡Oh por dios! ¡Que milagro que llam…! No, no me salgas con eso, ¿Cómo que donde está el bendito anillo? No, haber… se suponía que hace un mes ya te lo habías llevado todo, ¿Por qué no me avisaste que irías a la casa? –.
 Aquel hombre parecía tener problemas en casa. El resto de los pasajeros (incluyéndome), con ansia de escuchar problemas ajenos dejaron de lado lo que hacían para poder prestarle más atención a la conversación.
–De verdad que eres terrible, tratas de no verme, te comprendo. Mira, estoy en el autobús, no tardó en llegar, pero por favor sólo espera… ¿Cómo que no tienes tiempo? Ni voy a tardar tanto, estoy a 10 minutos de la casa… óyeme, no… ¿Crees que me hace gracia que sólo vengas por un tonto anillo? ¡Hablemos como dos adultos maduros! … No, no me hace ninguna gracia, ¿Crees que es divertido no poder comprarle algo a mi hijo para navidad? A ti no te importa un carajo, sólo quieres tu anillo y torturarme con lo mismo de siempre hasta hartarme. ¿Sabes que me dijo tu hijo? Que ya no quería los tacos deportivos que le había regalado en su cumpleaños porque tu amiguito le había regalado unos de marca, ¡De marca! … No, no utilizo a nuestro hijo, ¡Te quieres calmar! –.
El chico que iba con su pareja comenzó a reír por la conversación, su novia aun enojada lo miro con rabia y le dijo que se callará para poder seguir escuchando.
– ¿Que te ayude a buscar el anillo? ¿Desde aquí? … ok, mira en la mesilla de noche. Oye… me gustaría pasar la navidad con ustedes, ¡nosotros tres! Digo, a nadie le gusta pasar navidad solo… y sería la primera que la paso así… no, el 24 no puedo, tengo trabajo, pero el 25 sí pue… ¡Te digo que es un trabajo! ¿Pues de donde creías que los mantenía? Mira, tuve un día muy duro, lo último que quiero es discutir contigo, esa batalla ya la perdí hace tiempo, ¿no crees? Checa el resto de los cajones, debe estar por ahí. Oye, hoy hace un año, ¿te acuerdas? ¡No! ¡No es chantaje! ¿Con quién más me desahogo si no es contigo mujer? En verdad necesitamos hablar… ¡oye! ¿Me oyes? ¡Karen! –.
Mala suerte, pasamos por un túnel, y se veía algo largo. Vamos… apresúrese chofer. Los pasajeros se inquietaron un poco, bueno, al menos ya se veía que llegaríamos al final del túnel.
– ¿Karen? Por un momento creí… sí, ya sé que la habitación esta desordenada pero eso a ti no te importa ¿no? Da igual… sí ya sé que no hemos parado de discutir, pero igual no me das otra oportunidad. Las cosas se hablan, jamás quise hacerte daño. –.
La pareja que iba peleada se miraron entre sí. Se dieron un abrazo y ella quedo recargada en el hombro de él. Lograron reconciliarse gracias a la inconciencia del hombre de traje.
– ¡Joder Karen! ¡Una bendita tregua es todo lo que te pido! Te hablo de corazón… ¡Que no es la misma historia de siempre! Después de tantos años… uno se da cuenta de lo imbécil que ha sido, en todos los sentidos. Tampoco te estoy diciendo que pases el resto de tu vida a mi lado, eso ya se lo he pedido al padre y ve como terminamos. Sólo te pido esta noche… por favor. –.
El hombre se quedó callado un momento, creí que lloraba, la mujer detrás de mí le pedía a su marido bajar del bus, era su parada. Pero su marido le pidió que se quedaran, quería saber que pasaba con este pobre sujeto. Por extrañas razones, yo igual quería saberlo. Problemas como ese, no eran comunes, y menos escucharlo en un autobús. Debía de estar desesperado.
– No quiero rogarte, de verdad que no, sólo quiero contarte porque vale la pena darnos una última oportunidad. Esta noche… por favor… ¿segura? Entonces déjame decirte que no te escondes nada bien. Esta mañana al levantarme… y darme cuenta de que te habías ido… me acerque a la ventana y vi tu coche estacionado en la esquina. Esperabas a que me fuera, ¿no es así? Déjalo, escucha… ¿sabes por qué creo en nosotros todavía? Porque estoy seguro que no has dejado de pensar en mi cuando viste la foto en la mesilla de noche. Fue nuestra noche de bodas en el restaurante que tanto te gustaba. Nos la pasamos de maravilla ese día. Dime que no te ha traído buenos recuerdos. Yo sé que aún me quieres, así que no me puedo creer que sólo hayas vuelto por un anillo barato. El único valor que tiene es el de que no te los has puesto ni una sola vez, por el simple hecho de que hace 27 años te dije que a una mujer hermosa no le hacían  falta esas cosas. Por cierto, si tanto quieres el anillo, está en el baño, en el botiquín detrás del espejo. ¿Sigues ahí? No llores… ya casi he llegado… tranquila… no llores… –.
El bus quedo en completo silencio. La anciana que traía la bolsa del mandado había comenzado a llorar por la pena de aquel hombre. Una lágrima se asomaba en mis ojos. No alcanzaba a entender el dolor de ese pobre hombre. Me puse a pensar sobre mis problemas sentimentales y los suyos. No eran para nada comparados. Este hombre se levantó, había llegado a su destino. Continuaba con su celular en la mano. Se sujetó de un tubo, y se quedó ahí de pie. Después se dio la vuelta, nos miró con los ojos brillosos, y despego su mano de su oído. No había ningún celular.
– Buenos días, señoras y señores. Lo que acaban de oír, es un bonito final. Un bonito final que debería haber tenido mi historia en la vida real. Desgraciadamente, uno sólo puede recrear lo que paso de la manera en que le hubiera gustado que pasara. Mi mujer me abandono hace ya 3 años. De mi hijo no sé nada. Mi ex-esposa no me deja verlo. Ahora soy actor, pero no tengo trabajo.  Y por circunstancias de la vida, me veo en una difícil situación económica. Les suplico una pequeña ayuda en cambio de esta pequeña interpretación que les presente humildemente. Les agradezco de todo corazón su bella voluntad, y espero que les haya gustado. Muchísimas gracias. –.
No soporte más el llanto, y aquella lágrima rodo por mi mejilla. Él camino por el pasillo con la esperanza de que alguien lo ayudara. La mayoría le dio dinero. Yo no pude darle nada. Cuando paso por mi lugar, solo me dijo “tranquila, aun eres joven y bella.” Me sonrió, le sonreí. Pero su sonrisa era muy melancólica. Bajo del autobús por la parte trasera. Mire por la ventana, quedo en la espera de subir a un nuevo bus. Y con ello así, poder contar de nuevo su trágica historia.

Circo de Fenómenos

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Lastimosamente, observaba por la ventanilla de la puerta como se llevaban a aquella chica de mirada perdida de la habitación de frente. La sentaron en una silla de ruedas debido a que no reaccionaba para caminar, ya hecho, los de bata blanca caminaron por el pasillo largo y sin vérsele ningún fin. El sonido de la bocina dijo el nombre de la chica, “A-58”. Dejé de observar por la ventanilla, y fui a recostarme en mi cama. No sé quién soy yo. Mi playera dice “B-0”, mi nombre supuestamente. Mi compañero de celda (recientemente cambiado a mi habitación), “B-01”, no ayudaba mucho. Nuestros vecinos reían todo el tiempo, como si cada día les contaran un chiste buenísimo. “El purgatorio, nuestro hogar”, decía B-01, “éste debe ser el purgatorio”. Nuestra habitación tenía muy poca luz, de color blanco y con goteras, con olores raros de vez en cuando. Teníamos camas por separado sin ninguna cobija o sabana. No había ventanas, solo luces blancas. El pasillo de afuera tenía la luz blanca aun más intensa que la de las habitaciones. Me levante de nuevo de mi cama y fui hacia la ventanilla de la puerta. No dejaba de pesar en A-58.           
– Eh, tú, ¡Aléjate de la ventana! Harás que noten nuestra presencia. –me gritaba B-01, quien estaba sentado sobre la orilla de su cama, tranquilo.  
– Creo que ya la notaron desde hace tiempo.          
– Ah sí, por supuesto. Dime, ¿Cuánto tiempo llevas aquí?  
– Bueno… no lo sé.   
B-01 me observo detenidamente, después se levanto, empujo su cama, de donde salieron unas cuantas cucarachas y en el mismo lugar, había unas cuantas líneas. Líneas que contaron los días desde que llego ahí.  
– Yo, cuando estaba en la otra habitación, estuve 659 días para ser exactos. Estando en esta habitación, llevo 30 días. Estoy harto de este lugar. Pero por otro lado, no quiero salir de aquí. ¿Has notado que todo aquel que sale ya no regresa cierto?
– Sí, pero de igual forma no los conocíamos, solo estamos tú y yo aquí. A propósito, nunca hemos hablado más de la cuenta. ¿De dónde saliste tú?           
– Para serte sensato, no recuerdo bien. Tengo algunos recuerdos vagos de hace unos 3 años. Yo trabajaba de periodista, pero no tengo idea de cómo llegue a este lugar. No sé qué paso antes de estar aquí. Nada, no sé nada. ¿Y sobre ti? –Medite un poco antes de contestar, me di la vuelta nuevamente hacia la ventanilla. Un hombre de bata blanca iba directo a la habitación de nuestros vecinos.        
– Yo he estado aquí toda mi vida. –observe que sacaron a otra chica de la habitación. Tenía camisa de fuerza y seguía riendo. Su camisa decía “C-37”. La recostaron sobre una camilla y la amarraron con cinturones. Trato de zafarse, pero un pequeño artefacto que le pusieron en el cuello, hizo que diera un brinco y callera dormida. ¿Qué habrá sido eso? La bocina volvía a oírse.     
– ¿Toda tu vida?       
– Toda mi vida, así que no sabría que decirte nada sobre mí. ¿Tú nombre es B-01 cierto?
–No, yo me llamo Gregorio.
– ¡Tu nombre es muy gracioso!         
– No puedo decir lo mismo. Entonces, no tienes un nombre, ¿cierto?        
– Sí, B-0. –me di la vuelta y camine hacia mi cama. Gregorio miraba cada movimiento que yo hacía. Observaba con expresión queda y pensativa.
– Ese no es un nombre. ¿Cómo creerás que eso es un nombre?      
– ¿Entonces como me llamo? –Gregorio aparto la mirada. Hubo un largo silencio. Aburrido, sin sentido, molesto. –Al menos yo te llamaré Julia. Tienes cara de ser una Julia. Una joven hermosa llamada Julia.           
–Si tú lo dices.           
– ¿Tienes una mínima idea de que hacen aquí?        
– Nunca he salido de esta habitación. Antes tenía un compañero de celda, “B-02”. Y un día al despertar ya no estaba. Sospecho que escapo.           
– Eres muy inocente. Seguro se lo llevaron al igual que a los otros. Un momento… ¿B-02? –decía al tiempo que miraba su camisa y la mía.     
–Sí, B-02, ¿Por qué? –se levanto de su cama de golpe y, apartándome de la puerta, comenzó a gritarle a la nada, al tiempo que golpeaba la puerta.         
– ¡Desgraciados! ¡Qué eh hecho yo para estar en este lugar! ¿¡Qué he hecho!? –en ese instante llegaron las personas de bata blanca, y con el artefacto que usaron contra “C-37” lo usaron de nuevo contra él. Gregorio, forcejeando, trato de evitar que la maquinita lo tocara, pero otro hombre de bata blanca y una máscara, saco otro artefacto. Se escucho un “Bum” salir de esa cosa, y la camisa de Gregorio se tiño de un rojizo carmesí. Parecía pintura, como la que me daban de pequeña para hacer dibujos. Mire la escena sin hacer ningún movimiento. Abrieron la puerta y acto seguido, sacaron a Gregorio de la habitación.
– ¿A dónde lo llevan? –no obtuve respuesta, era como si no existiera. Sacaron por completo el cuerpo de Gregorio arrastrándolo hasta un poco más lejos del cuarto, dejando detrás un sendero carmesí. Nunca había visto algo similar. Cerraron la puerta de nuevo con llave. Me asomé por la ventanilla. Movían el cuerpo de Gregorio como si fuera una muñeca de trapo, como de esas muñecas de harina y trapos viejos mal cosidos que me daban de pequeña. La camisa de Gregorio seguía manchándose de ese rojo tan peculiar. Llego otro hombre de bata con una camilla, subieron su cuerpo sin ningún cuidado. Después caminaron hasta el fondo del pasillo. La bocina volvía a sonar.      

Gregorio no regreso. La luz de mi habitación se apagó, y tan solo quedo la luz del pasillo iluminando mí celda. Trataba de dormir, mi cuerpo me lo pedía, pero sin embargo, no pude dormir. Y gracias a eso, pude escuchar algunos pasos en el pasillo infinito. Cerré los ojos para fingir estar dormida., y por fortuna, no entraron a mi celda. Fueron directo con mi vecino. Me levante para ver qué ocurriría esta vez. Me asome por la ventanilla, mi vecino era “C-38”, era un chico bastante similar a C-37. Iba riendo, como siempre, con una camisa de fuerza y en sus labios se notaba la sequedad, y en su rostro una palidez muy idéntica a la de la chica que se llevaron hace rato, con la diferencia de que él se lo tomo con más calma. Cuando pasaron frente a mi puerta, el me miro con una sonrisa. Se detuvo, se acercó a mi ventanilla. Sentí su aliento tibio en mi rostro, y empezó a balbucear y a reír de nuevo. El hombre de bata lo jalo, y continuaron caminando por el pasillo eterno. La bocina volvía a sonar.

Empecé a imaginar cosas graciosas en mi cabeza, como cuando de pequeña. Cuando antes me daban pinturas y papel para dibujar, recuerdo que dibuje a un hombre que fingía ser un perro. Era demasiado gracioso. Un hombre de bata blanca rio conmigo cuando lo dibuje. Otro dibujo que de igual manera tengo marcado, y por supuesto, era mi favorito, era el dibujo de un hombre con patas de cabra. Hice demasiados dibujos de pequeña, pero esos fueron por los que más sentí atracción, y cada uno de ellos, me fueron arrebatados, al igual que mis muñecas de trapo. Pero no importaba. Todo transcurría tan aburrido sin Gregorio. No tenía con quien hablar. Miraba por la ventanilla de vez en cuando pero, ya no pasaban los hombres de bata blanca. A veces me preguntaba, ¿Qué se sentiría salir de esta habitación? Nunca había pisado el suelo fuera de ella. Y en ese instante, volví a escuchar las pisadas en el pasillo eterno. Miré por la ventanilla, no miré nada. Se sentía el aire tranquilo, en silencio, a excepción de las pisadas aproximándose. Este hombre llevaba una máscara blanca que solo le cubría la boca, y sin duda también con la bata blanca. Abrió mi habitación. Me sentí ansiosa, al fin saldría de aquella celda. Sabría en donde están los demás, Gregorio. Lo vería de nuevo. Abrió la puerta, yo di un par de pasos hacia atrás para permitirle el paso. Aquel hombre entro y cerró la puerta nuevamente. Me miro detenidamente, abrió los ojos como platos, se los froto y volvió a mirarme.
– Es una verdadera lástima que una adolescente tan endemoniadamente hermosa como tu vaya al laboratorio. 
– “¿Laboratorio?” –pensé. – “¿Qué será eso?” –no le dije nada, sólo me limite a obsérvalo.
Aquel hombre camino hacia mí. Me bofeteo y me lanzo a la cama. No tenía idea porque me golpeaba. Sentí un escalofrío, era… era miedo. Nunca lo había sentido. El hombre se aproximó lentamente a mí. Acto seguido, se bajo el pantalón.
Se me hizo eterno aquel momento. Quede tumbada sobre mi cama, con lágrimas en los ojos. Ese hombre salió de la celda y volvió a cerrar la puerta con llave. Me vio por la ventanilla, y dijo “mañana volveré por ti”. No quería volver a experimentar esa sensación. Si volvía a ver a aquel hombre, iba a estallar en llanto nuevamente, y sentiría el miedo recorrerme. Me subí las bragas, y quede en posición fetal por quien sabe cuánto tiempo. Otra pregunta rondaba en mi cabeza, ¿Qué harían en ese llamado “laboratorio”? ¿Harían cosas similares a ésta? Ya no quería averiguarlo. El rato continuaba aburrido sin Gregorio. En ese instante yo deseaba tener una de esas muñecas de trapo que tenía. Recuerdo que una de esas muñecas tenía dos cabezas, debido a que yo había roto el cuerpo de una. Fue la primera vez que lloré. Uno de aquellos hombres se ofreció a repararla, pero yo me negué, diciendo que la muñeca se sentiría mal por tener un cuerpo deforme. Así que dije que la muñeca me agradecería si la cosiera al cuerpo de otra muñeca. Ese recuerdo al menos me hizo reír un poco.

Las pisadas volvían a escucharse en el pasillo eterno. Me quede tiesa y abrí los ojos como platos. Mire a mi alrededor, no había nada para esconderse, tan sólo la cama. Eso debería servir. Me metí debajo de la cama con toda la suciedad y mucosidad del suelo, junto a las cucarachas. La puerta se abrió lentamente. Vi las piernas de aquella persona. Camino lento hasta quedar en medio del cuarto, y se quedo quieto. Mantuve la respiración, creyendo que no sabría que estaba debajo de mi cama. Se dio la vuelta y salió nuevamente de la habitación. Cerró la puerta. Ante esa señal, vi que estaba a salvo. Salí lentamente de debajo de mi cama, y sorpresa. El mismo hombre de bata blanca me tomo por detrás. Y el otro hombre que había salido nuevamente volvió a entrar. Empecé a forcejear y a gritar, aterrada. Me di cuenta que el hombre que me había tomado por detrás había entrado sin ser notado debido a que su compañero lo cargo en sus hombros. Uno me tomaba por detrás y otro por las piernas. Me sacaron de la habitación. Empecé a balbucear que yo quería ser quien caminara, ya que tenia la tentación de tocar el piso. Pero me ignoraron. Me recostaron en la camilla a la fuerza. Sacaron aquel artefacto que utilizaron con C-37 y sentí un dolor en el brazo. Un dolor agudo y punzante. No lo había sentido antes. Comenzaron a amarrarme a la camilla con los cinturones. Me pusieron algo raro en la boca. Algo transparente y frio, atado a un tubo flexible. Se empañaba cada vez que respiraba y sentí como algo delgado entraba a mi piel. Gire mis ojos hacia donde sentí ese dolor, era en mi brazo en donde un tubito el cual era presionado por un hombre, iba introduciendo un liquido en mi brazo. Empezó a doler en cuanto el líquido llego al final. Retiraron el tubito. Y empezaron a caminar por el pasillo eterno. Empecé a sentir una pesadez en los ojos, y vi algunos colores raros a mí alrededor, seguido por manchas negras en mis ojos. No entendía por qué tenía sueño, había dormido apenas hace un rato. Finalmente cerré los ojos.
Desperté en una habitación negra sobre una cama un poco más cómoda que la anterior en la que dormía. La puerta esta vez eran unas rejas, y sentía que no podía levantarme ni nada, mi cuerpo estaba pesado. Sólo lograba mover los ojos. Frente a mí, estaba alguien dormido. ¡Era Gregorio! Me alegraba tanto el verlo. Trate de moverme de a poco, pero no pude hacerlo. Escuche nuevamente pasos fuera de la celda. Levante la mirada hacia ella, y era una mujer que llevaba una bandeja con comida. Abrió la reja de enfrente, y se dirigía a dos personas. “Gracias” contestaron ambos al unísono. Era un hombre y una mujer. Salió la mujer de la celda y volvió a cerrarla con llave. Miro hacia la celda de nosotros y un tanto alarmada, dijo casi gritando:    
– ¡Al fin has despertado! ¡Esto sí que es un gran logro para la ciencia! –le mantuve la mirada fija, y abrí un poco los labios, sentí mi lengua adormecida, pero pude hablar.
– ¿Q-qué paso?          
– Estuviste dormida durante un par de semanas, ha pasado mucho tiempo desde la operación, ¡Y sí que ha sido un éxito! –la mire, estupefacta, no entendía a que se refería. –Bueno, no desesperes, supongo que tu cuerpo sigue dormido después de tanta anestesia y por el cambio. Iré por el señor Homero. Enseguida te revisara.    
Trate de moverme lo más rápido antes de que ese hombre llegara. Entonces logre ver como Gregorio se empezaba a despertar. Se levanto y se estiro muy raramente.     
– G-Gregorio… – decía por lo bajo pero no me hizo caso. Se volvió hacia mí, y caminando en cuatro, acerco su rostro a mi cara, olfateándome.        – ¿Q-qué haces? –dio un respingo y me paso su lengua por la mejilla.        Luego regreso al lugar en donde estaba dormido y volvió a acostarse.      

Poco después, regreso aquella mujer con la que hable antes y un hombre, lo más probable el tal “Homero”.       
– ¿Cómo te sientes? –pregunto él.    
– Muy… rara…         
– Es normal. En un rato podrás ponerte de pie. ¡Cristina! ¡Víctor! Ustedes se encargaran de ayudarla a levantarse.            -Abrió la reja de frente, salió una sola persona. Y fue cuando me di cuenta que Cristina y Víctor eran C-37 y C-38. Estaban totalmente diferentes. Volví a aterrarme. ¡Ellos dos eran uno mismo! Sus cabezas estaban juntas como aquella muñeca de trapo que tenía de pequeña. Homero les abrió la reja de mi celda y ambos entraron con una sonrisa en el rostro. Me miraron expectantes y dijeron al unísono:  
– ¿En verdad creen que se podrá levantar así?        
– Tiene que, sólo queda una semana para que vengan por ustedes.
– Bueno, trataremos de ponerla de pie.        
Homero cerró la reja tras ellos, y se escucho como se alejaban y cerraban la puerta de golpe. Ellos se acercaron a mí, yo tenía los ojos nuevamente empapados de lágrimas y abiertos como platos. Me tomaron un brazo y empezaron a masajearlo. Después con el otro brazo y por mi tronco. Poco a poco iba recobrando la movilidad. Me ayudaron a sentarme. Yo sentía una enorme comezón en las piernas, pero ellos evitaron que me tocara siquiera la pierna.    
– No creemos que quieras tocarte.    
– ¿Y por qué no? En verdad pica, es como si tuviera pelo en mis piernas. –ellos se miraron entre sí, yo sólo me limité a verlos.         
– A propósito, ¿Qué ustedes no se la pasaban riendo?        
– Era por un gas que había en nuestra habitación, nos tenía adormecidos y hacíamos tonterías.
– Ya entiendo. –se hizo un silencio incomodo, los mire y ambos tenían la cabeza baja, pensativos. –Quisiera caminar un poco. –me lleve una mano a la cabeza, buscando rascarme, cuando sentí algo duro en mi cabeza. Algo duro, grueso y largo. – ¿Q-qué diablos es esto? –dije con voz quebrante.           
–Es lo que queríamos decirte. Un cuerno. –me ayudaron a levantarme sin decir nada más, y escuche como al levantarme se escuchaba el andar de un caballo. Camine y volvía a escucharse. Entonces gire la cabeza hacia abajo, y mi cuerpo era ahora, el de un animal peludo con pesuñas. Empecé a gritar. Gregorio se levanto de golpe y empezó a hacer un ruido extraño con la boca. Un ladrido.      
– ¿Qué es esto? ¿QUÉ ES ESTO?   
– La nueva tú.
Aquel hombre Homero volvió a entrar a las celdas y entro a la nuestra con un tubito similar al que había visto antes de quedarme dormida. Evite que volviera a ponerlo sobre mi piel, y caí se rodillas. Derrame unas cuantas lágrimas. C-37 y C-38, o como los habían llamado, Cristina y Víctor, respectivamente, se pusieron de cuclillas junto a mí. Sin decir nada. Gregorio sólo me miraba, de igual forma ya no era el Gregorio que conocí, ya no era B-01. Aquellos chicos tan idénticos que ahora eran uno mismo, le dijeron a Homero que ya no hacían falta más medicinas ni anestesias. Se retiro y yo aun con la cabeza baja, aquellos me dijeron:
– Bienvenida al circo de los fenómenos.      

Pasaron los días, como solían decirles, cuando llego un hombre de traje colorido, con bastón y sombrero. Esperaba por afuera de las celdas. Nos miro a los 4.   
-Sí que son magníficos, sobre todo aquella chica. ¿Cómo se llama? –Pregunto aquel hombre del bastón.           
– No tiene nombre, nosotros la llamamos B-0. –contesto Homero.
– No, por favor. –interrumpí. – Llámeme Julia.       
– Julia entonces. Homero, estoy interesado en los 4, me los llevo. Claro por el precio justo.
– Por supuesto, podrás llevártelos hoy mismo.        
Y dicho eso, se dirigieron a la puerta, seguidos por el rechinido de la misma y el azote al cerrar. Nuevamente se escucho un silencio incomodo.         
– ¿A dónde nos llevarán? –pregunte a los gemelos.
– Bueno, hemos escuchado de Homero que es un circo.     
– Suena divertido.     
– Claro, si te gusta que se burlen de ti.         
No dije nada a la última respuesta de los gemelos. Gregorio estaba dormido nuevamente. No podía creer que lo transformaran, de alguna manera, en perro. Según me dijeron los hermanos, alteraron su ADN. Yo, por supuesto, no sabía qué era eso. Seguía siendo una ignorante sin remedio.           
Aquel hombre del bastón nos hizo salir de la celda, nos dirigimos a otra puerta. En cuanto la abrieron, una luz enceguecedora me ilumino el rostro.
– ¿Eso es el sol? –pregunté.  
– Eso es el sol. –respondieron los hermanos. Ese sol era algo maravilloso, nunca lo había visto. Era muy diferente a como se veía en los libros de dibujo.            
El hombre del bastón, llevaba a Gregorio con una cadena. Él por su parte, llevaba la lengua de fuera. Lo subió a una jaula con cosas redondas debajo. Creo que eran llantas. Si eso eran. En otra jaula subieron los gemelos Cristina y Víctor. Y finalmente yo, subí a otra jaula. Nuevamente encerrada. Homero se dio la vuelta, sin despedirse de nosotros. Yo sólo vi como nos alejábamos del lugar.

El cielo se tornaba oscuro, era hermoso ver todo por primera vez. La luna estaba en su esplendor. Esa noche comenzaron a poner una carpa colorida, muy grande en medio del bosque. Llevaron nuestras jaulas dentro. Más tarde, empezó a llegar gente adulta y algunos niños. Nos miraban asombrados. Algunos nos arrojaban comida como si fuéramos animales. Miré a mi alrededor, se burlaban de nosotros, de mí. Había escuchado comentarios como “Es increíble que alguien como ella haya nacido así”. ¡Se equivocaban! Yo no había nacido así. Si supieran. Los hermanos trataban de alentarme. Pero solo hacían que me pusiera peor ante la situación. Cada noche, ambos decían: “No llores, alégrate de que al fin tienes un hogar, pero deja de llorar, que el show está a punto de comenzar.”

¿Qué habrá para hoy?

0


–Come hasta que sólo queden los huesos, y si no es suficiente, muerde los platos. Si no lo como todo, me sentiré una fracasada.

Desayuno para hoy:    
-Naranjada con 15 ml de veneno de serpiente.           
-Cereal con trozos de carne cruda al gusto.    
-Sopa de veneno con setas.    
-Ensalada, preparada caprichosamente por el sirviente.          
-Surtido de frutas podridas de fuera de temporada.    
-Café “incapaz de despertarse” (descafeinado)           

Un glorioso día para la joven Anel. Comía caprichosamente su desayuno con una sonrisa dibujada en el rostro. La señorita Anel, solía tener un gusto extremadamente raro con las comidas. Siendo una maníaca de las comidas “exóticas”, ella solía comer cada día cosas realmente repugnantes que pondría enferma a cualquier persona.  Su hogar tenía un olor realmente horrible, pero para Anel, ese olor era la gloria. No era una persona millonaria, pero tampoco era pobre. Por lo que tenía un sirviente y un chef personal. Este par tenían un estómago fuerte para soportar ver como Anel comía gustosamente toda esa comida repugnante. La señorita Anel, tenía un fuerte deseo: probar todas las comidas más horribles del mundo. E incluso llegó a decir que todos los ingredientes habían sido creados esencialmente para ella. Quería devorar todo, cada pedazo del mundo. Sin embargo, Anel no soportaba que la traicionaran, o al menos ella lo veía de esa forma. El chef que tenía actualmente, era el 15° del año. De los otros 14, se les había perdido el rastro.          
– Siento un vacío en el estómago, Rogelio. –le decía  a su querido sirviente. –Dile a Uriel que si aún quiere servirme, que me presente otro platillo digno de ser comido por mí. Anda, ¡Ve! –Rogelio se apresuró a decirle al chef Uriel sobre la insatisfecha de Anel.

Comida para hoy:       
-Ensalada a la “César” (literalmente sí)
-Pulpo relleno de su propia tinta, a medio coser, aun agonizando.       
-Berenjena con sabor amargo.
-Pan al horno del mes pasado.
-Helado hecho con sangre de su chef Arnoldo.           
-Sopa de miso con trozos de queso añejo.

–Oh, ¡Uriel! ¡Te has lucido esta vez! –exclamo Anel con alegría mientras comía el helado de Arnoldo. – ¡No tenía idea de que aun habían quedado restos de César y Arnoldo! ¡Fue una grata sorpresa!
–No hay de qué mi señora, lo que usted quiera siempre puede contar con que yo le cumpliré sus ordenes sin reclamar.            
–Aunque, a la ensalada de César le hizo falta un poco de cabello. Hubiera sido un complemento perfecto para la ensalada.            
–Le aseguro que para la próxima me asegurare que tenga más cabello. –Uriel  miró a Anel con un poco de temor, y enseguida, con voz muy suave y tenue,  dijo–: Señorita Anel, usted sabe que yo he trabajado para usted desde hace dos meses. He trabajado sin descanso. Jamás me atrevería a pedirle esto, pero es realmente necesario. ¿Podría darme un par de días libres? Necesito ir a ver a mi madre que está gravemente enferma. –Anel dejó de comer sólo para ver siniestramente a Uriel.   
– ¿Qué acabas de decir? –ella, enfadada, se levantó de su asiento, caminó dando zancadas hacia Uriel. Se puso sobre las puntas de sus pies para quedar a su altura y comenzó a decirle: – ¡De verdad qué gente de lo más inútil tengo que soportar! Tenemos un trato Uriel. Según este tratado prometiste no irte en ningún momento, ¡Así que no me vengas con esa mierda! –Anel, no dejaba de gritarle a Uriel, las mejillas se le iluminaron de un rojo muy tenue, se dio la vuelta y se dirigió hacia la mesa, recargándose en ella. Rogelio solo miraba la escena estupefacto. No se atrevería a meterse en la discusión. –Rogelio, trae mi teléfono, ¡Ahora! Y Uriel… te quiero en la cocina ahora mismo. En un momento voy. –Rogelio corrió deprisa por el teléfono de Anel, y ella, enfurecida, dio un respingo y fue rápidamente a la cocina.      
–Uriel, no puedo permitir que te vayas, ¡eres el único chef que me ha durado más de dos meses!
–Sólo son un par de días, es lo único que le pido. –Anel, camino hacia el fregadero, abrió el grifo y lavo un par de platos y utensilios. Cuando termino, se seco las manos con la toalla y se giro para ver a Uriel. Éste la miraba quieto, a la vez que Anel caminaba de un lado a otro. Se detuvo un momento, y se encamino hacia él. Lo abrazo, pero éste no correspondió al abrazo. Anel se separo y Uriel cayó de cuclillas al suelo. Se apoyó con las manos al suelo y entonces, Anel lo pateó fuertemente en la cara. Su tacón le había marcado en el rostro, y Uriel perdió el conocimiento. Rato después, llegó Rogelio, con el teléfono en mano, quien miraba expectante lo ocurrido.

La casa estaba en silencio. Anel se encerró en su habitación. Rogelio descuartizaba a Uriel, y después metió las extremidades y el torso en el congelador. La cabeza la puso a un lado. Tomó el teléfono de Anel, y llamó al chef número 16°. No aceptó el trabajo.
Rogelio detestaba cocinar para Anel, con la idea de que no le gustarán sus comidas, pero debido a que ella nunca reclamaba acerca de sus comidas, accedió con placer.

Cena de hoy   
-Ensalada con los ojos del chef Arnoldo, César y Uriel.          
-Surtido rico de entrañas de César.     
-Pasta de vino tinto.    
-Vino color de rosa que hará estremecerle la médula ósea (Bueno es sangre rebajada con alcohol).   
-Sopa de baba de caracol.      
-Galette Saucisse.       

–Bueno, tu arte en la cocina no es tan malo, pero es aceptable. Le das el sabor de la desesperación.
–Es un alivio para mí escuchar eso.     
Anel terminaba de tomarse el vino. Miraba una y otra vez a Rogelio. Terminó por decir:
–Rogelio, tú has sido devoto a mí desde el principio, te agradezco y alago por tu valentía. Nunca trataste de irte. Impresionante. –el fiel sirviente rellenaba la copa de su ama. Ésta dio un sorbo, y se quedo con la mirada pensativa. –Arrodíllate y besa mis pies. –dijo.
– ¿Qué? Ja-ja que buena broma mi seño…    
–Arrodíllate y besa mis pies.    –Rogelio, expectante, hizo cumplir aquel mandamiento al instante. –Mi dulce sirviente… ¿A que sabes? –Anel se levanto de su asiento. Rogelio se arrastró por el piso.     
-¿Q-qué es lo que dice…? –La chica no respondió. Y con una sonrisa, le dijo:
– ¡Es broma! ¿Cómo creerás que te comería?            
– ¡No haga bromas de ese tipo! No son de buen gusto.          
–Te necesito vivo, Rogelio. –Ella se dio la vuelta y en un susurro, dijo: “Por ahora”.
Esa noche, en la madrugada, el pobre hombre no podía dormir. Aquellas palabras aún resonaban en su cabeza. Aun siéndole devoto a Anel, no podría asegurar que quedaría vivo.

A la mañana siguiente, Rogelio tenía ojeras demasiado marcadas bajo sus ojos cansados. Fue a poner el agua caliente para que Anel se bañara. Lo curioso de esto, que no era agua, era leche. Aquella chica disfrutaba bañarse por la mañana en leche, y por la noche en agua.

Desayuno para hoy:    
-Limonada sin azúcar, con veneno de alacrán. 
-Baguette de jamón del cerdo de la esquina.   
-Crema de champiñones recién cortados con moho.   
-Pan tostado con moho y mermelada. 

– “Un desayuno sencillo para el día de hoy”. –pensaba Anel. El sirviente se encontraba en la cocina, intentando contactar al chef número 16°. Sin mencionar palabra, la mañana transcurrió sin novedades. La casa estaba en completo silencio, como si nadie habitara ahí. Rogelio limpiaba la casa. Anel se encontraba encerrada en su habitación. Y, raramente, Anel bajo a prepararse su comida. El joven sirviente no sabía que se había preparado, por lo que no puedo decir que era exactamente. Transcurrieron las horas, cayó la noche. Anel dejo una nota para Rogelio: “No llames a un próximo chef”.

Anel tomaba su baño en agua a la mitad de la noche. Acariciaba su piel una y otra vez con las burbujas. Tomaba un trago de su vino tinto de vez en cuando. Empezaron a llamar a la puerta.
–Mi señora, ya he preparado su cama, si no me necesita más, iré a dormir.
–Se me antoja un bocadillo nocturno Rogelio. ¿Puedes prepararme algo sencillo?
–Enseguida.
El antojo nocturno constó de un emparedado de carne de res a medio cocer. Sin ningún condimento. Rogelio lo dejó en la habitación de Anel y enseguida, fue a la suya a descansar.

Esa noche, el fiel sirviente durmió cómodamente. Olvidó lo ocurrido hace apenas un par de días y pudo descansar. La puerta de su habitación se abrió. Anel se acercó a su cama. Se sentó en ella. Miró a Rogelio un buen rato. Se levantó y se acercó a su oído. Y entre murmullos, comenzó a decir:            –Mi querido sirviente, ¿A que sabes? –. Comenzó a apuñalarlo con un pica hielo, el mismo que utilizó con Uriel. Rogelio, despertó de golpe al momento del primer pinchazo. Se quejaba y se retorcía del dolor. Murmuraba cosas, las cuales no eran entendibles para Anel, ni para mí. Rogelio tenía unas cuantas lágrimas en los ojos y Anel, en melodía, le recito:        
–Los lamentos son como una orquesta que resuena en mis oídos. Es tan… hermoso. –dejó de apuñalarlo. Rogelio seguía vivo, pero agonizante. La veía con la vista nublada y cubierto de lágrimas.      
– A-Anel…    
Ella se acercó a su rostro, besó sus lágrimas, y articulo en su oído.     
–Me siento hechizada por ti, por eso he decidido devorarte, no puedo permitir que decidas abandonarme algún día.
La agonía de Rogelio llegó a su fin. Anel bebía su sangre en una copa delgada. Jugaba con el contenido de la copa una y otra vez. Miraba a la nada. Tarareaba una canción por lo bajo, y continuo jugando con la copa. Miró la copa. Miró a la nada. Miró a la copa. Miró su brazo. Miró el cuchillo. Miró su muñeca. Miró el cuchillo. Sonrió afablemente. –Aún queda mucho más por comer. –Efectivamente, la comida más mala, y repugnante, resulto ser ella misma. Tomo el cuchillo. Corto su mano. Provoco una hemorragia. Se puso un torniquete. Mordió su mano. Sonrió. Conoció todos los sabores del mundo. Que gusto tenía ella en su rostro. Se levantó. Se cayó. La copa de sangre se derramo. Miró hacia atrás. Se levantó. Pronunció unas palabras a Rogelio. “Que descanse en paz tu dolorosa alma” le dijo. Caminó a la cocina. Su brazo comenzaba a ponerse morado. Tomó otro cuchillo. Se cortó la yugular. 

Incidente

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La calle se hayaba en total silencio, no podía ser nada bueno. Camine sin tomarle la mayor importancia, sólo eran supersticiones. Me detuve en la esquina, y espere a que pasara un taxi. Comencé a juguetear con mis pies mientras estaba en la espera. Tome aire fuertemente y exale por la boca. Miraba a ambos lados de la calle, todo desolado. Una persona llegó del otro lado. También se detuvo. Si espe
raba también transporte, ya tenía adversario para ganar un taxi. Iluso sí creía que iba a dejarlo. No sé cuanto tiempo paso antes de que llegará el taxi (oh sí, se lo gane) pero ya estando dentro y después de dar mis indicaciones, sonó mi celular. Era ella, de nuevo. Que insistente, no es que se convirtiera en una molestia, pero en verdad, creo que una persona sabe cuando debe parar. ¿Por qué ella no? El taxista me habla.
-¡Joven! Ijole tendrá que disculparme, mi taxi se quedó sin gasolina. Mire, aquí a la vuelta hay una gasolinera, ¿me ayuda a llevarlo? -Dijo el taxista con acento de ser de barrio bajo. No le respondí pero no me quedaba de otra más que ayudarlo. Y al llegar, mi teléfono volvía a sonar. Lo puse en espera y lo guarde. Mejor le pague al taxista y decidí caminar, ya no faltaba tanto para llegar a la casa de Caro. - "Sólo una cuadra más". -Pensaba para mis adentros, mientras cruzaba aquella extensa avenida. Un dolor agudo empezó a penetrarme las entrañas, la sangre impedía que pudiera ver por completo, casi no podía respirar, una de mis piernas estaba fuera de su órbita, y finalmente, no faltaban los mirones. Con lo poco que lograba ver, un automóvil blanco se encontraba estrellado contra un poste de luz, el cuál había quedado inclinado. Dentro del automóvil se hayaba un hombre, cuyo rostro me era familiar: era el hermano de Sofía, mi novia, y su acompañante, era el hombre que vi al otro lado de la calle. Caro se abrió paso entre la multitud, su rostro pálido y horrorizado era más que obvio. Empecé a perder el conocimiento. Acto seguido, un disparo. Caro cayó de rodillas, y el hermano de Sofía, se dio un tiro dentro de su boca con la misma arma. Su acompañante, sólo miro, inerte, en silencio.

¿Recuerdos?

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Recuerdo cuando me mencionabas a tus amigos, creyendo que nunca iba a saberlo. Recuerdo cuando me mandabas indirectas, creyendo que no iba a entenderlas. Recuerdo también cuando molestabas a las demás y a mí me tratabas de manera diferente a ellas. Recuerdo cuando me robaste un beso en el momento más indicado. Sin embargo, yo reí y no dije nada, seguí sonriendo, dándome cuenta que quizá eras la persona adecuada para mí. Estúpida yo que no lo dije en ése momento.

No han cambiado muchas cosas, sigue casi todo igual. Bueno, no todo. Creo que esa situación empeoro. Jugueteamos como novios, pareciendo un par de niños con sobredosis de azúcar. ¿Qué por qué empeoro? Simple, te conseguiste novia, y sin importarte, seguías jugueteando conmigo. Estúpida yo que lo permití.
No paso mucho tiempo para que ella me odiara. Que más da, todos mis amigos, conocidos y hasta él mismo, la odian. ¿ Irónico no?
Aún sabiendo todo eso, que no es más que un simple coqueteo involuntario, que él quiere tenerme ahí para cuando todo acabe. Sabiendo, que me miente cada que tiene la oportunidad. Él piensa que yo no sé la verdad.
Él me ha olvidado. Estúpida yo que deje pasar mi oportunidad. Fingir que no te importa, duele más de lo que se cree. Tratar de alejarse de él, no es fácil, sabiendo que se da cuenta de tus intensiones, se acerca y evita que lo dejes. ¿Qué hacerle? Nada. Sólo aguantar. No... ya no más.
Sigue tu camino, que yo seguiré el mio.
Te quiero tanto, te quiero así. No quiero alejarme, pero esta vez debe ser definitivo. Sólo así, ella dejará de enojarse contigo. No quiero que tengas más problemas por mi culpa.
Ahora, tengo una oportunidad para ser feliz, así como tú dices estarlo cuando estas con nuestros amigos. Suerte para ti, suerte para ella.
Me duele la decisión, pero es lo correcto. Aunque al final, ambos digamos que es una amistad, que somos como hermana y hermano, en el fondo, sabemos todo lo que ocurrió en el pasado. Incluso nuestros conocidos. Es increíble que ese lazo se rompa por algo tan tonto como el amor, quien fue quien nos tenía unidos en cierto modo.
He de terminar con esto ahora, o terminare por derramar lágrimas. Lágrimas no correspondidas. Ahora me doy cuenta.

Adiós ojos marrones, adiós mi amor.

Corre, no mires atrás.

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Desperté después de un rato, no sabía dónde estaba, baje las escaleras y daba a la estación, ¿Cómo llegue aquí? Lo ignoro. Miro a todos lados, estoy sola. Espero el tren. Una persona llega del otro lado. Me observa, lo observo. Espera, es una chica, y no aparta su mirada, la esquivo, sigue buscando que la vea. Camino desesperado, ella se mantiene ahí. Me dirijo a las escaleras, no soporto la tensión. Está lloviendo, mala suerte. Me estoy mojando, que lastima. Espera… alguien me sigue. ¡Es ella! Apresuro el paso. Mejor corro, ¿Qué quiere? No tengo dinero, ni siquiera sé que hacia ahí. Son más de las 12. Debería estar en mi cama dormida. Giro la cabeza, sigue siguiéndome. Tiene una capucha, ¿Qué es lo que quiere? Tomo un callejón, no sé a dónde me lleve. ¿En dónde estoy? Me pregunto una y otra vez. ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí? Sigo caminando. Giro a la izquierda. Llego a una esquina, empapada. Miro a ambos lados, ella está ahí, frente a mí. Me detengo en seco, no se ve su rostro. Sigo caminando, trato de evitarla. Viene tras de mí. Corro de nuevo, no hay luz en la calle en la que corro, más que un farol. Muy lejos de mí, debo alcanzarlo, no debo mirar atrás. Llego al farol, retrocedo un par de pasos. Creo que estoy a salvo. Siento un escalofrió, y no es del frio. Me toma de los hombros, me zafo casi por inercia. Y sin darme cuenta, me golpeo la cabeza con el farol.
Desperté después de un rato, no sabía dónde estaba, baje las escaleras y daba a la estación, ¿Cómo llegue aquí? Lo ignoro. Miro a todos lados, estoy sola... Espero el tren. Una persona llega del otro lado.

By. Viridiana Gallardo. Con la tecnología de Blogger.

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